¡BIENVENIDO AL RINCÓN DE CARLOS DEL RÍO!
Soy escritor y enseño a la gente a escribir novelas y cuentos. Aquí encontrarás un curso gratuito para aprender a escribir en la sección
Cómo escribir ficción, críticas de novelas y películas (desde 2015 sólo critico las obras que me han gustado mucho), y todo lo que aprendo a medida que escribo y vivo más y más. Disfruta tu visita, y espero verte a menudo por aquí.

Últimas críticas y artículos sobre cómo escribir ficción

"Fahrenheit 451" (novela), de Ray Bradbury; "Soy leyenda" (novela), de Richard Matheson; "La asertividad (I)" (Vida de escritor); "La llamada de lo salvaje" (novela corta), de Jack London; "Matar a un ruiseñor", de Robert Mulligan; "¡Qué bello es vivir!", de Frank Capra; "El mito del talento, la motivación, y el mundo editorial" (Vida de escritor); "Novelas leídas en 2016"; "Pesadilla antes de Navidad", de Tim Burton y Henry Selick; "Four Warned" (cuentos), de Jeffrey Archer; "La marca del meridiano" (novela), de Lorenzo Silva; "Sé resoluto" (Vida de escritor); "Mi rincón cumple 7 años", "Aquí tenéis mi currículum vitae"; "Fiebre al amanecer" (novela), de Péter Gárdos.

sábado, 18 de febrero de 2017

Fahrenheit 451 [10]

Portada original de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury
Archivo: publicada originariamente el 12 de julio de 2013
NOVELA
Fahrenheit 451
(EE.UU., 1953, 179 páginas)
Ray Bradbury

Cuenta Ray Bradbury en "Zen en el arte de escribir" que tardó nueve días en escribir la primera versión de "Fahrenheit 451" y que le costó nueve dólares y ochenta centavos. El motivo era que en el garaje de su casa, donde tenía la máquina de escribir, sus hijas pequeñas no hacían más que interrumpirle para que se pusiera a jugar con ellas, algo que siempre acababa haciendo, poniendo en peligro la economía familiar. Bradbury descubrió que alquilaban máquinas de escribir en la biblioteca de la Universidad de California a diez centavos la media hora, y no le quedó más remedio que escribir a toda pastilla para no gastarse mucho dinero. (Un aparte: por favor, si eres un aspirante a escritor y no haces más que quejarte de no tener tiempo, vuelve a leer este párrafo.)
   Con esta versión de 25.000 palabras Bradbury creó la novela corta "The Fireman", que se publicó en 1951 en la revista "Galaxy Science Fiction". Más tarde Bradbury expandió la obra hasta las 50.000 palabras actuales, la llamó "Fahrenheit 451", y se publicó por primera vez en 1953. En la actualidad, y con justifica, está considerada una de las obras de ciencia ficción más importantes del siglo XX.
   Es un placer quemar. En un futuro próximo, los bomberos no se dedican a apagar incendios, sino a provocarlos, y lo que queman son libros, ya que están prohibidos. Guy Montag es uno de ellos, y cada vez que quema libros, siente un placer tremendo. Pero una serie de acontecimientos provoca que se plantee su vida y la sociedad en la que vive. El primero es un encuentro con Clarisse McClellan, una chica de diecisiete años que le enseña a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida y le habla de cómo era la vida no hace mucho; el segundo es una confusión que tiene su mujer Mildred con pastillas de dormir, quien casi muere una noche por tomarse demasiadas sin darse cuenta; y el tercero es una redada a una casa con libros que acaba horriblemente mal. Las ansias de conocimiento de Montag, de saber por qué los libros son tan peligrosos, se despierta, poniendo en peligro la vida feliz y segura que le proporciona la sociedad.
   Recuerdo que cuando comencé a leer a Bradbury, yo tenía diecinueve y fue "Las doradas manzanas del Sol", no acaba de gustarme del todo. No sé qué hizo que siguiera leyéndolo a lo largo de los años, pero me alegro, porque ahora mismo es uno de mis escritores favoritos. No es que cambien los libros, es que cambiamos nosotros.
   Me leí "Fahrenheit 451" hará unos doce años, y se me había olvidado por completo. Al releerla ahora (ésta es una novela que hay que leerse en papel, nada de libro digital), me ha parecido una de las novelas más emocionantes que he leído jamás, y es que coincido muchísimo con lo temas que trata Bradbury y qué opina de ellos.
   Por una parte, me toca muchísimo el cambio de Montag, quien llevaba una vida completamente rutinaria, sin plantearse por qué hacía las cosas y olvidando su pasado (es muy significativo que no recuerde cómo conoció a su mujer); a tener ganas de saber, lo que provoca que descubra lo horrorosa que es esa sociedad. Y se siente que tan vivo que va a arriesgar todo por provocar un cambio (para mí es especialmente emocionante cuando se pone a leer libros a las amigas de su mujer).
   Me encanta la relación con Clarisse McClellan, que muestra al Bradbury más juguetón. Claro que de vez en cuando tienes que probar la lluvia o frotarte un diente de león en la barbilla para saber si estás enamorado.
   Y me encanta que esa sociedad, que en ciertos aspectos es inquietantemente similar a la nuestra, fuera la que impuso la censura de los libros. La gente no quiere pensar ni ampliar la mente, o simplemente leer ideas contrarias a las suyas, así que toma entretenimientos inocuo las 24 horas del día. Y toma el dominio de lo políticamente correcto, para no ofender a nadie. La masa le puso en bandeja al Gobierno que los trataran como borregos. Incluso un asesinato en directo es un espectáculo, y ya nadie sabe qué significa una guerra. La masa parecen zombis obsesionados con la televisión.
   Y me gusta mucho la estructura: Montag despierta gracias a Clarisse, al incidente con las pastillas de Mildred, y al incidente con la dueña de los libros, y ya no hay marcha atrás. Aun sabiendo que es peligroso, y que su jefe posiblemente sospeche, Montag sigue adelante, metiéndose más y más en la boca del lobo, y buscando ayuda en gente que le puede meter en problemas. Bradbury escribe una persecución muy imaginativa (Montag puede seguir su propia caza en las televisiones de las familias), y acaba con una nota llena de esperanza.
   Maravillosa, maravillosa novela.

sábado, 11 de febrero de 2017

Soy leyenda [8]

Archivo: publicada orginariamente el 1 de diciembre de 2011.
Portada original de Soy leyenda, de Richard MathesonNOVELA
I Am Legend
(EE.UU., 1954, 160 páginas)
Richard Matheson

Richard Matheson es un autor muy prolífico que ha escrito en un montón de géneros populares (misterio, terror, ciencia ficción, fantasía y western) y muchos guiones (trabajó para las series “The Twilight Zone” y “Star Trek” entre otras; escribió las adaptaciones de Edgar Allan Poe que hizo Roger Corman en los 60; y adaptó su propio cuento “Duel”, para el debut de Steven Spielberg: “El diablo sobre ruedas”); que ha logrado el reconocimiento de sus compañeros de profesión. Stephen King ha admitido que Matheson es el autor que más le ha inspirado como escritor; Dean Koontz dice que todos somos más ricos al tenerlo entre nosotros; Ray Bradbury lo considera uno de los mejores escritores del siglo XX; y Dan Simmons reconoce que adora la tierra que pisa.
   “Soy leyenda”, publicada en 1954, fue su primera novela, y en ella mezcló la ciencia ficción con el terror. La obra ha sido adaptada tres veces a la pantalla (en 1964 con Vincent Price, en 1971 con Charlton Heston, y en 2007 con Will Smith), y además de ser posiblemente la novela de vampiros más importante del siglo pasado (Koontz la considera la más inteligente y fascinante desde “Drácula”), ha influido muchísimo en las novelas y películas de zombis posteriores.
   En 1975 una plaga asola la Tierra y convierte a toda la humanidad, excepto a Robert Neville, en vampiros. Robert pasa los días matando vampiros, luchando contra una soledad que lo corroe, e investigando los orígenes de la enfermad; mientras que por las noches se resguarda en su casa, protegido con crucifijos y ajos, del ataque de los monstruos sedientos de sangre. Lo que no sabe Neville es cuánto tiempo podrá sobrevivir así y cuánto tiempo pasará antes de que pierda su humanidad.
   El principio de “Soy leyenda”, hasta que no sabes qué está pasando, es un poco confuso y aburrido porque te muestra una rutina extraña, pero a la que no le puedes dar un significado. Luego mejora mucho. El resto se divide en tres partes que se van entrelazando: flashbacks que muestran cómo era la vida de Neville durante los primeros meses de la plaga; la evolución personal de Neville –aquí también entra su soledad-; y lo que descubre Neville de los vampiros leyendo libros científicos y haciendo experimentos. Las dos primeras partes son magníficas; la otra es muy imaginativa (explica de forma racional el miedo a los crucifijos o por qué los vampiros no soportan la luz del día), pero es demasiado confusa.
   El problema que le veo a la parte de la investigación es que no queda nada claro cómo evoluciona la enfermedad, y cuesta mucho diferenciar entre los vampiros muertos y los vampiros vivos. Lógicamente, Matheson no podía explicar abiertamente cómo era cada variedad, pero sí debería dar pistas de que no eran iguales (debería ser más obvio que los muertos son descerebrados, como zombis –pero Ben Cortman es capaz de hablar-, y más tarde que sólo los vampiros vivos que estaban locos visitaban su casa. Esto último está, pero está demasiado escondido).
   Los flashbacks funcionan de maravilla con la historia actual, y muchas veces Matheson se guarda grandes golpes efecto (como quién es Cortman, o qué es un misterioso agujero en constantes llamas). La historia de la muerte de Virginia, la mujer de Neville, es genial por cómo está presentada y por el giro final que tiene (yo diría que “Cementerio de animales”, de Stephen King, tiene una versión retorcida de este giro).
   Los flashbacks también sirven para profundizar en los sentimientos y el comportamiento de Neville, que echa terriblemente de menos a su familia (la parte en la que intenta adueñarse de un perro es demoledora por lo bien que transmite lo solo que se siente y por como acaba) y que mata vampiros por supervivencia y para intentar encontrar una cura para la enfermedad.
   El cambio de Neville al final de la novela está muy bien realizado (parece la evolución natural, sin que en ningún momento te pares a plantearte qué significa), y eso le permite a Matheson acabar con una última escena, en la que reflexiona sobre qué es lo normal, que es absolutamente impresionante.

domingo, 5 de febrero de 2017

VIDA DE ESCRITOR: LA ASERTIVIDAD (I)

Libro en paisajeYa tengo fecha de publicación para “Érase una vez…”: septiembre de 2017. Es una fecha realista, para que me dé tiempo a revisarlo y reescribirlo, y siendo el tipo de libro que es, para quienes quieren escribir ficción, es un mes muy bueno; en septiembre publiqué “Atrévete a ser escritor” y le fue muy bien.
Otros tan buenos como ese son enero y octubre; pero terribles son los meses estivales (pensándolo fríamente, deberían ser buenos, porque la gente tiene más tiempo libre, más tiempo para leer y escribir, pero claro, la gente no funciona así), así que aunque lo acabe antes, esperaré hasta septiembre. Y si me retraso, esperaré a octubre o enero.
            Voy un tercio y casi he acabado el bloque sobre el talento (que cuenta bastante poco para escribir ficción, si es que cuenta algo). Ahora estoy documentándome para el de la motivación, y me he percatado de que además de hablar sobre cómo motivarse para ponerse todos los días a teclear, tengo que explicar cómo perseverar ante los reveses y las desilusiones que tarde o temprano llegarán, cómo seguir adelante cuando tu esfuerzo no da los frutos que esperabas, cómo no tirar la toalla cuando ves que pasan los años y no consigues nada.
            Y hasta aquí os puedo contar. 

LA ASERTIVIDAD
Al principio de mis cursos, suelo tener alumnos a los que les cuesta dar su opinión. Yo siempre intento que se sientan a gusto en clase, y les digo que no tienen que tener miedo de decir lo que piensan, siempre que respeten las opiniones del resto, y al resto.
            No quiero que mis clases se vuelvan una batalla campal, para ver quién tiene la razón, o quién es más verdulero o tergiversador, para eso existen sus hábitats naturales: el patio del colegio, los platós de televisión, y el Congreso de los Diputados. Pero sí quiero escuchar la opinión de todos.
Ser asertivo no es que tengas la razón, es que tienes una opinión y no tienes miedo a darla. Tu opinión puede cambiar, pero tienes que expresarla. No debes temer decir “Sí” ni decir “No”, y no tienes por qué justificar por qué haces las cosas o tus gustos. Si quieres ser escritor es fundamental serlo. Primero, porque necesitas crearte tiempo para escribir diariamente, y tienes que saber hacer respetar tus límites y tu tiempo; y segundo, porque con tu ficción constantemente vas a estar mostrando tu visión del mundo, y para eso primero tienes que identificarla, y luego tienes que expresarla sin miedo.
Portada de La asertividad, de Olga Castanyer            Durante gran parte de mi vida tuve problemas con mi asertividad, porque no sabía que tenía derecho a tener mis propias opiniones y gustos, aunque no fueran los de la mayoría, ni los que se esperaban de mí, o los de mis padres. Tenía pánico a las discusiones y enfrentamientos (o bien era muy borde, para no dejar espacio a más, o bien no me atrevía a decir nada), no sabía defender mis derechos, no me atrevía a preguntar ni a poner límites a mi tiempo, y siempre intentaba caer simpático (eso está bien, pero no sabía reaccionar cuando alguien me trataba mal). Me aterrorizaba el qué dirán y tenía pánico al rechazo.
            Lo bueno de la asertividad es que se puede educar. Primero tienes que saber qué es ser asertivo, y luego tienes que practicar y practicar hasta que te salga solo. A mí me ayudaron mucho los libros “Cuando digo no, me siento culpable” (“When I Say No, I Feel Guilty”), de Manuel J. Smith, “Con todo tu derecho” (“Your Perfect Right”), de Robert Alberti y Michael Emmons, “The Assertiveness Workbook”, de Randy J. Paterson, y “La asertividad: expresión de una sana autoestima”, de Olga Castanyer.
            Soy un gran fan de la hipnosis terapéutica (me gusta tanto que me he sacado un título; algún día escribiré algún artículo sobre ella), y para ser asertivo me ayudó también el pack de sesiones de Hypnosis Downloads. Gracias a ellas, logré poner en práctica lo aprendido, ya que me redujeron mucho la angustia que me provocaban esas situaciones en la vida real.
            Ahora soy educado e intento caer bien, pero desde luego no intento ser amigo de todo el mundo, ni me mortifico cuando no caigo bien a alguien. Sé dar mi opinión y decir no, y tengo claros mis gustos.
            En cuanto a lo de cumplir las expectativas de otros, o el miedo al qué dirán, pobre de aquel que vive pensando en cumplir las expectativas que otros se han formado de él. Cada vez que cuento que he hecho tal cosa y alguien me dice que no me pega, automáticamente pienso, ¿tú qué sabes lo que me pega o deja de pegar? Algo parecido me pasa cuando me dicen que tal cosa me va a encantar, ¿tú qué sabes si me va a gustar o no? 

CAUSAS
Los problemas de asertividad suelen venir por modelos tóxicos. Un gran culpable son los medios de comunicación, con tertulias, y no solo las del corazón, en las que supuestos adultos se comportan como parvularios, y con columnistas que tratan como idiotas a los que no piensan como ellos. Abundan los “deberías” y el sarcasmo. Es pensar en blanco y negro: solo yo puedo tener razón, y si yo tengo razón, tú estás equivocado. Un modelo de nuevo cuño serían las redes sociales, que funcionan igual que los medios de comunicación. Intenta mantener una conversación adulta allí y verás.
Otro es el mundo de la política, también con adultos infantilizados que no hacen más que retorcer lo que dicen para aparentar tener la razón y dejar mal al rival: lo que digo yo está bien (aunque igual hace una semana decía lo contrario), y lo que dices tú está mal. 
Lo más triste del mundo de la política (me refiero a democracias) es que por honrado que quiera ser un político, no lo puede ser por completo: no puede reconocer dudas o errores, o hablar de medidas impopulares que piensa que a la larga van a traer beneficios, o de acuerdos en los que ha tenido que ceder algo para conseguir algo. No puede porque la prensa de signo político contrario y sus rivales le macharían, y la gente no le votaría, así que no le queda más remedio que maquillar lo que hace y dice. 
Tengo la impresión de que todo esto se reduce a que muchos esperan que los políticos solucionen sus problemas y asumen que son infalibles y muy rápidos, una especie de semidioses, y si muestran debilidades, ya solo son humanos y no valen para el cargo.
Niña en aulaUn tercer culpable son profesores poco flexibles, que en vez de dejar que los alumnos se formen su propio criterio, fuerzan a que piensen como ellos, como si estuvieran en posesión de la verdad, aunque lleguen a contradecirse: estás equivocado si no piensas como yo, y como yo soy quien puntúa, más te vale que hagas lo que te digo.
Eso a mí no me parece educar, eso me parece crear gente sumisa.
No digo que a la hora de educar todo valga, porque así solo creas adultos caprichosos que se creen con derecho a todo sin cumplir ningún deber para que funcione una sociedad, pero sí ser flexible para que los alumnos cometan errores y sean capaces de enmendarlos por sí mismos, mientras se va desarrollando su propia personalidad y aprenden a respetar al resto; es decir, se están preparando para ser únicos viviendo en sociedad.
Mi opinión es que en los centros educativos hace falta mucha más inteligencia emocional y muchos menos datos a memorizar.
Y el cuarto culpable son padres demasiado controladores, que se creen que sus hijos deben pensar exactamente igual que ellos, y tener sus mismos gustos, y critican opiniones y comportamientos que no concuerdan con su idea de la vida; o padres que tienen la necesidad de mostrarse superiores intelectualmente a sus hijos, y hacen lo mismo que los políticos, pero con sus niños: retuercen y retuercen las conversaciones hasta que se salen con la suya. En ambos casos lo único que consiguen es machacar la autoestima de su hijo.
Seguimos en el siguiente artículo.

La fotografía y la ilustración son de dominio público, y no hace falta atribuirlas. El libro (Mysticartdesing); la niña en la escuela (KokomoCole).

Siguiente artículo: Domingo 5 de marzo
             Anterior artículo: El mito del talento, la motivación, y el mundo editorial

sábado, 28 de enero de 2017

La llamada de lo salvaje [7]

Portada de La llamada de lo salvaje, de Jack LondonNOVELA CORTA
The Call of the Wild
(EE.UU., 1903, 140 páginas)
Jack London 

En 1897 Jack London fue a ganarse la vida al noroeste de Canadá, atravesando Alaska, para aprovechar la fiebre del oro de Klondike. Durante el año que pasó allí no se hizo rico, pero logró material para una de sus obras más famosas, “La llamada de lo salvaje”. Publicada en 1903, primero en cuatro entregas en la revista “The Saturday Evening Post” y un mes después en forma de libro, fue un éxito inmediato que consolidó la carrera de London. En 2015 el escritor británico Robert McCrum eligió las mejores novelas escritas en inglés de la historia, y “La llamada de lo salvaje” logró el puesto 35.
            Buck es un perro mezcla de san bernardo y collie que lleva una vida holgazana en la hacienda del juez Miller, en la soleada California. Como no lee los periódicos, no sabe nada de la fiebre del oro, y también desconoce que Manuel, uno de los ayudantes del jardinero, tiene muchas deudas por el juego. Así que un día que Manuel lo ata, se va con él, hasta que descubre que el hombre lo ha vendido para tirar de trineos en Canadá. En esa inhóspita tierra, Buck aprenderá a sobrevivir en las peores condiciones.
            “La llamada de lo salvaje”, que está contada de forma realista (aunque el protagonista es un perro, no tiene el tratamiento Disney), va mejorando a medida que te adentras en la historia. La primera parte, desde que Buck es “secuestrado” y vendido, hasta que llega a Canadá, donde demuestra que es un grandísimo perro, el mejor de su manada, es la más fría y menos interesante. Aquí vemos cómo Buck va aprendiendo lo necesario para su nuevo hábitat, en escenas generalmente duras y muy breves.
A mí apenas me daba tiempo por sentir algo por el perro, y cada vez que hablaban sus primeros dueños, canadienses francófonos, me costaba una barbaridad entender qué decían (me lo leí en inglés, y esos diálogos no son nada fáciles de descifrar: “T’ree vair’ good dogs”, François told Perrault. “Dat Buck, heem pool lake hell. I tick heem queek as anyt’ing”. Todavía me estoy rascando la cabeza). Lo que más me gustó, porque sí tenía emoción, fueron la muerte de Curvy, un perro simpático que llegó al mismo tiempo que Buck, y más tarde, cuando Buck se ha hecho muy fuerte, el enfrentamiento entre él y Splitz, el perro malo de la manada.
Con sus siguientes dueños, Buck comienza a sentir la llamada de lo salvaje, teniendo visiones de un pasado primitivo, despertando en él, poco a poco, sus instintos de cazador. Aquí hay unos momentos que me gustan mucho, en los que Dave, un perro enfermo, no quiere dejar su puesto. Luego viene la parte más divertida, aunque Buck sufre mucho, cuando pasa a pertenecer a dos hombres y una mujer que no saben nada de perros o de viajar por Canadá, y no hacen más que tomar malas decisiones.
            La última parte, que es la mejor, Buck conoce al dueño que más querrá, John Thornton. London se detiene más a preparar y desarrollar los momentos, ya sientes cariño por el perro, y el autor logra mucha emoción. A medida que Buck reconoce con más y más fuerza la llamada, más se encariña de su dueño, y aquí aparecen grandes escenas, generalmente de acción, como un emocionante rescate en el río, una tensa apuesta, una persecución muy original de un alce, y un ataque de indios.

sábado, 21 de enero de 2017

Matar a un ruiseñor [8]

Poster de Matar a un ruiseñorTo Kill a Mockingbird
(EE.UU., 1962, 129 min)
Dirección:
Robert Mulligan
Guión:
Horton Foote
Intérpretes:
Gregory Peck
Mary Badham 
Phillip Alford
John Megna
James Anderson
Collin Wilcox
Ruth White
Paul Fix
Brock Peters
Frank Overton
Robert Duvall
IMDb
 
“Matar a un ruiseñor”, basada en la maravillosa novela de Harper Lee, es la película más famosa de Robert Mulligan. Realizada dos años después que el libro, fue un gran éxito de crítica y de público, estuvo nominada a 8 Oscars, incluidos Mejor Película y Director, y ganó 3: Actor, Guión Adaptado, y Decorados en Blanco y Negro. Fue el año que “Lawrence de Arabia”, de David Lean, arrasó con justicia (y en mi humilde opinión, a pesar del grandísimo trabajo de Gregory Peck aquí, también se merecía el de Mejor Actor, para Peter O’Toole).
Mary Badham y Gregory Peck en Matar a un ruiseñor
Mary Badham y Gregory Peck
            En la década de 1930, en un pueblo de Alabama, viven los niños Scout (Mary Badham) y Jem (Phillip Alford) con su padre Atticus Finch (Gregory Peck), quien les quiere inculcar las nociones de integridad y justicia. Atticus, que es abogado, acepta un difícil caso en el que tiene que defender a un negro acusado de violar a una blanca, creándose la enemistad de gran parte del pueblo. Mientras Scout y Jem crecen, el caso de Atticus provocará que sufran por racismo e intransigencia.
            “Matar a un ruiseñor” es una gran película, pero si sus dos tramas estuvieran mejor integradas, sería aún mejor (es algo que también le pasa a la novela).
Por una parte, y se lleva lo principal de la primera mitad, tenemos la presentación del pueblo y la historia de los niños en escenas sumamente encantadoras: se hacen amigos del sobrino de la vecina; espían a Boo, un vecino al que nadie ve desde hace años y del que corren muchos rumores; Scout va al colegio por primera vez; descubren misteriosos objetos en el nudo de un árbol… Suelen ser momentos tiernos y divertidos, y muy evocadores, ayudados por una banda sonora preciosa de Elmer Bernstein, que transmiten perfectamente qué era ser niño, y son los que al recordar esta película te hacen decir, “¡Qué bonita era ‘Matar a un ruiseñor’!”.
Y por otra está la historia del juicio, que se lleva lo principal de la segunda parte, y donde desaparecen casi por completo los niños. Aquí es donde Peck se luce, y en esta parte también hay grandes momentos: la larguísima secuencia del juicio, con actuaciones sobresalientes de todos, donde vas vislumbrando, cada vez más interesado, lo que pasó realmente en la supuesta violación; el momento en el que los asistentes negros se levantan porque Atticus Finch va a salir; cómo recibe Atticus una muy mala noticia de su cliente, y cómo él la tiene que transmitir a otras personas.
Son dos grandes historias que no acaban de estar bien integradas del todo, y supongo que no las mezclaron para ser fieles a la novela y por miedo a perder emoción. Pero me parece que la película hubiera ganado si la presentación del caso que tiene que defender Atticus fuera mucho antes, y al tiempo que veías las aventuras de los niños y su extraña relación con Boo (un personaje al que olvidas en la película), sentían la presión del racismo. El bloque del juicio seguiría igual, porque es muy emocionante, pero antes de llegar al final, estaría bien alguna referencia a Boo. Y del final, yo cambiaría cómo aparece Boo, porque me sorprende la reacción de todos cuando descubren dónde estaba escondido, como si fuera lo más normal del mundo.

sábado, 14 de enero de 2017

¡Qué bello es vivir! [8]

Poster de ¡Qué bello es vivir!
It's a Wonderful Life
(EE.UU., 1946, 130 min)
Dirección:
Frank Capra
Guión:
Frances Goodrich
Albert Hackett
Frank Capra
Intérpretes:
James Stewart
Donna Reed
Lionel Barrymore
Thomas Mitchell
Henry Travers
Gloria Grahame
Ward Bond
IMDb

Aunque ahora es un clasicazo, “¡Qué bello es vivir!” comenzó siendo un fracaso. El film era el más ambicioso y el favorito de su director, Frank Capra, pero cuando se estrenó a finales de 1946, recibió críticas tibias y tuvo pérdidas económicas, a pesar de estar nominado a 5 Oscars, incluidos Mejor Película, Director y Actor. (Ese año arrasó otro clásico, aunque posiblemente ahora sea menos conocido que “¡Qué bello es vivir!”, “Los mejores años de nuestra vida”, de William Wyler). Sin embargo, a finales de los años 70, posiblemente porque un error administrativo dejó a la película sin copyright y la emitían sin pagar derechos, muchas televisiones comenzaron a ponerla por Navidad, haciendo que se volviera el clásico navideño que es hoy en día.
George Bailey (James Stewart) ya no puede más. A pesar de llevar toda su vida siendo honrado en el pueblo de Bedford Falls, está a punto de suicidarse porque todos los sacrificios que ha hecho no han merecido la pena. Dios escucha las plegarias de su familia, y decide mandar a la Tierra a Clarence (Henry Travers), un ángel de segunda categoría para que lo ayude. Si Clarence logra que George no se suicide, se ganará las alas que lleva 200 años esperando.
Aunque “¡Qué bello es vivir!” me gusta mucho, no me parece una obra maestra, ni lo mejor de Capra, porque hay elementos que no han envejecido bien del todo, y porque a veces resulta demasiado obvia.
La película comienza con las oraciones a Dios para que salve a George Bailey, y luego salta atrás en el tiempo, con la justificación de mostrarle a Clarence la vida del protagonista. A través de los flashbacks, vemos lo íntegro que ha sido Bailey, ayudando a la gente sin pedir nada a cambio, y cómo, por diversos motivos, nunca ha podido abandonar su pueblo, por muchas ganas de aventuras que tuviera.
Donna Reed y James Stewart en ¡Qué bello es vivir!
Donna Reed y James Stewart
Varios de los flashbacks no tienen mucha tensión, porque lo que Capra está haciendo es presentar elementos que tendrán sentido en la parte final, pero aguantan por el gran trabajo de los actores (Stewart está especialmente bien), la elegante puesta en escena, y los detalles tiernos y de humor que mete Capra.
En la parte de la infancia, lo que más me gusta es la presentación de las dos niñas enamoradas de George, porque la primera escena, cuando salva a su hermano en el lago helado, durante bastante tiempo no sé qué pinta en la historia, y el momento del rescate es muy poco tenso (los decorados cantan una barbaridad, y sabes que esos niños están muy seguros en un estudio); siempre me ha parecido que si no lo hubiera rescatado George, lo hubiera hecho sin problemas cualquiera de los otros niños.
Con la escena del veneno, que también tardo mucho en encontrarle un sentido en la historia, me pregunto por qué no le dice abiertamente a su jefe que se ha equivocado y ha puesto veneno en las pastillas. Entiendo que Capra lo hace para que la solución no fuera tan fácil y para presentar al padre y al villano, Potter (Lionel Barrymore), el cual me parece dibujado con brocha demasiado gorda: avaricioso y malo sin ningún disimulo. Ese personaje es de lo que peor ha envejecido.
 En la parte de la juventud, tengo que hacer un esfuerzo para creerme que los actores son mucho más jóvenes de lo que eran, pero me encantan la escena de la cena con el padre (y la criada con ganas de escuchar la conversación), la del gimnasio, con el momento tan divertido de la piscina, y la de la casa abandonada, que es encantadora.
Luego viene una de las escenas que más me gusta, cuando George convence a los inversores de que rechacen a Potter, por lo miserable y avaricioso que es. Y poco después, otra: la peculiar declaración de amor entre Stewart y Reed, con un Stewart cabreadísimo por estar encerrado en Bedford Falls, una llamada de un pretendiente, y una madre metomentodo. Grandes actores, gran emoción.
El momento del rescate de la entidad financiera es muy Capra: optimista, bonito y emotivo; pero lo que más me gusta de esa parte es la tierna y original luna de miel que pasan en la casa abandonada.
Para llegar al final, a la llegada de Clarence, me parece un poco forzado que uno de sus empleados (Thomas Mitchell) pierda 8.000 dólares, de forma muy tonta además, justo el día que viene un inspector a hacer una inspección. Pero está bien que Capra muestre a un George muy oscuro: enfadado y deprimido, del que salen todo el resentimiento y la frustración acumulados durante años.
Fotograma de ¡Qué bello es vivir!En el momento más bajo de George, Capra mete humor con Clarence, y funciona muy bien. Y luego viene una idea genial, que aparecía en el cuento en el que se basa la película (“The Greatest Gift”, de Philip Van Doren Stern), y que recuerda al “Cuento de Navidad” de Dickens: George ve cómo sería el pueblo de Bedford Falls si él no hubiera nacido.
La idea es magnífica, y el mensaje que transmite también (la vida merece la pena vivirla no solo por tus experiencias, sino por cómo tocas y cambias las vidas de la gente con la que te relacionas sin que te des cuenta), pero la puesta en escena se ha quedado anticuada.
Están bien los personajes que han muerto o están en peor situación si George no hubiera existido, pero la gran diferencia que muestra Capra en Bedford Falls (que entonces se llamaría Potterville) no es que fuera un pueblo miserable, con gente endeudada con Potter, sino un pueblo lleno de carteles de neón, que parece bastante más divertido que el original. Y lo peor es el cambio de su mujer, que ha pasado de ser una feliz ama de casa a… ¡horror! ¡Ser una bibliotecaria solterona con gafas!
La película acaba con una escena emocionantísima muy Capra (aunque el detalle del inspector dando dinero es demasiado, y que la niña diga qué significa el sonido de una campana es muy obvio), con un mensaje que me encanta: nadie con amigos es un fracasado.

domingo, 8 de enero de 2017

VIDA DE ESCRITOR: EL MITO DEL TALENTO, LA MOTIVACIÓN, Y EL MUNDO EDITORIAL

Ya voy 20.000 palabras de mi nuevo libro para escritores. Le he cambiado el título, porque aunque “A escribir que son dos días” me parecía simpático, me he dado cuenta de que digo justo todo lo contrario, que tener una carrera literaria lleva muchos años. Así que ahora se llama “Érase una vez…”, y su subtítulo es “Cómo tener una carrera literaria en el siglo XXI”. No va a tener nada que ver con los e-books que prometen grandes ventas en un pispás, o éxito sin esfuerzo, porque me parecen un timo. 

EL MITO DEL TALENTO
Retrato de Mozart
Mozart
Lo que os puedo contar de momento es que el libro estará dividido en tres grandes bloques, aunque tal vez haya cambios. El primero, que es el que estoy escribiendo ahora, trata de desmontar el mito del talento. Ya estoy un poco harto de que la gente se piense que escribir novelas es cuestión de talento (igual de harto estoy de los asumen que escribir es cuestión de inspiración; espera a estar inspirado para escribir, que ya verás qué rápido terminas novelas), así que me he documentado sobre lo que dice la ciencia y la psicología sobre la adquisición de habilidades y conocimientos, y cómo vosotros podéis replicar las actividades que nos hacen crecer como escritores para que seáis muy buenos. (Pista: tiene que ver con escribir muchísimo y leer muchísimo).
También me he documentado sobre la vida de reconocidos fueras de serie a lo largo de la historia: grandes deportistas, científicos, literatos, músicos, pintores y escultores.  Y todos, absolutamente todos —incluso Mozart de niño—, dedicaron ingentes cantidades de tiempo a practicar y reflexionar y enmendar errores de la disciplina en la que acabaron destacando. Una vez que dominaron lo que les apasionaba, realizaron grandes descubrimientos, rompieron récords, o crearon obras maestras. El trabajo duro continuado durante años y años no se lo quitó nadie. Y ninguno comenzó con un don especial; todos tuvieron la suerte de dar con algo que les encantó y entonces se obsesionaron con mejorar más y más, y sus circunstancias personales les permitieron emplear todo el tiempo necesario hasta alcanzar la maestría. (Los que no tenían circunstancias propicias, como George Stephenson, el padre de los ferrocarriles, se las crearon).
Solo he encontrado dos excepciones en el deporte, y no porque no le echaran horas y horas de práctica, que sí lo hicieron, sino porque odiaron el tenis: John McEnroe y Andre Agassi. En su caso funcionó la presión de los padres para que se entregaran a ese deporte desde niños, y más tarde, la presión de ganar.
            Cuando conocí esto hace años, que con la práctica se mejoraba cualquier cosa, para mí fue muy motivador, porque me indicaba que si me esforzaba en aprender lo realmente necesario para escribir ficción, y practicaba y practicaba y practicaba, acabaría siendo muy bueno. Pero para que te motive esto, no puedes ser un vago.
            Hay una cita de Ray Bradbury que me encanta:

Sé que ya lo has oído antes mil veces. Pero es verdad: el trabajo duro da frutos. Si quieres ser bueno, tienes que practicar, practicar, practicar. Si no te encanta algo, entonces no lo hagas.

            Y otra de Stephen King, que también me gusta mucho:

El talento vale menos que la sal de mesa. Lo que separa al individuo con talento del que tiene éxito es mucho trabajo duro.
 
LA MOTIVACIÓN
Libro con lazo en forma de corazón
El segundo bloque tratará de la motivación. Yo no la tuve que aprender, porque cuando me puse a escribir por mi cuenta de adulto, tenía tantas ganas de hacerlo que no necesité la motivación de nadie. Y ahí sigo dándole a la tecla todos los días, sin apenas ganar dinero por mis escritos. Pero sé que realmente soy la excepción.
          Si algo logro en mis clases es que haya buen ambiente, y los alumnos vayan contentos. Para ellos, una gran motivación es que yo les fuerce a entregarme cuentos, y que los corrijamos en clase. Pero les digo que tienen que acostumbrarse a trabajar solos, a escribir aunque no tengan a un profesor que les marque una fecha límite o compañeros que les animen, a retarse a sí mismos, a escribir aunque no estén inspirados y no tengan ganas, para que cuando nos separemos, continúen con su carrera literaria. No tienen que identificar la práctica de la escritura con lo bien que lo pasan en mis clases, sino con el esfuerzo que les supone escribir en casa cuentos cada vez más largos y complejos.
          Aunque les voy dando consejos a lo largo del curso para que aprendan a motivarse a sí mismos cuando yo ya no esté, es mi asignatura pendiente. Suelen animarse mucho, y varios han comenzado novelas en mitad del curso, pero en cuanto se acaban las clases, van dejando de lado la escritura. Solo tengo a una alumna que ha perseverado en el tiempo hasta acabar una colección de cuentos, pero todavía estoy esperando que alguno de mis antiguos alumnos me dé una alegría y me diga que ha terminado una novela.
         Hablaré de estrategias que conozco para lograr vuestros objetivos, y me documentaré sobre técnicas para retrasar la gratificación y qué hace que nos motivemos incluso sin tener garantía de éxito. Esta parte será como tenerme a mí forzándoos a escribir, hasta que escribir os salga por vosotros mismos. 

EL MUNDO EDITORIAL
Y el tercer bloque tratará del mundo editorial, de las opciones que tenemos para llegar a

Letras de imprenta
nuestros lectores y ganar dinero. Reconozco que esta parte se pisará un poco con un capítulo de “Atrévete a ser escritor”, pero prefiero que sea así porque no quiero forzar a la gente a comprarse el otro libro, y lo que repita, lo explicaré de otra manera. Lo más importante es reconocer que la literatura además de un arte, es un negocio (si no queréis ver esto, poco vais a durar), la actitud que hay que tener para saber lidiar con los reveses que (seguro) llegarán, reconocer qué opciones son buenas y cuáles son timos o ideas descabelladas (es increíble la cantidad de gente que, buscando atajos, quiere reinventar la rueda), tener unas expectativas realistas, y no abandonar jamás.
Publicar nunca ha sido más fácil que hoy en día, pero mucha gente asume que publicar significa poder vivir de la escritura, y tiene muchísima prisa. Se ven ya firmando libros y yendo a los estrenos de las películas basadas en sus novelas, con gente reconociéndoles por la calle, gritándoles “¡Autor, autor!” y tirándoles el sujetador. Y como tienen tanta prisa, no hacen más que cometer errores: pagan por publicar sus libros, hacen presentaciones a las que solo van amigos, ignoran por completo el mercado editorial, dan gratis la versión digital, pagan un pastón para que les traduzcan sus libros…
Ya lo adelanto, si queréis ser famosos o ricos, ser novelista es una idea muy mala; dedicad vuestros esfuerzos a otra cosa, como a salir en televisión o a casaros con un famoso. Os hacéis novelistas porque os encanta perderos en mundos de ficción que creáis de la nada. En otras palabras, tenéis que saber si estáis en esto porque os apasiona escribir ficción, que es lo correcto, o porque os habéis creado una imagen glamourosa de los escritores y queréis esa vida porque os parece sencilla; en cuyo caso os garantizo que os la vais a pegar.
Cuando acabe “Érase una vez…”, lo pondré a la venta en Amazon, así que si todo va bien, en 2017 publicaré dos libros, este para escritores y mi novela “El príncipe Eosh”, que irá por editorial.

Las fotografías son de dominio público. Retrato de Mozart, de Barbara Krafft; libro con lazo (congerdesign), letras de imprenta (Unsplash)

Siguiente artículo: La asertividad (I)
              Anterior artículo: Sé resoluto

© 2006 - 2017. Textos de Carlos del Río. Todos los derechos reservados.
Los derechos de autor de los pósters y fotogramas de películas corresponden a sus correspodientes productoras o distribuidoras.
Los derechos de autor de las portadas y citas textuales de libros corresponden a sus correspodientes editoriales o autores.