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sábado, 24 de julio de 2010

Porcelain [1]

Portada de Porcelain, de Jess C Scott
CUENTOS
Porcelain
(EE.UU., 2010, 193 páginas)
Jess C Scott

Otro libro que me ha tocado en Library Thing y otra crítica que tengo que escribir. “Porcelain” no es una novela, es un libro digital que recopila textos y dibujos de Jess C Scott desde 1996 hasta la actualidad. Scott es una chica estadounidense de 23 años que intenta abrirse camino como escritora, y que quiere labrarse un nombre publicando todo lo posible. “Porcelain” se lo ha autopublicado, y en el cajón de sastre que es hay ficción, poemas, ensayos, dibujos, un manifiesto, reflexiones, correspondencia con editores, y una entrevista que le hicieron. No hay un tema que los unifique. Si hubiera tenido a mano las recetas de su abuela, estarían aquí.
   Habrás caído en la cuenta de que con la edad que tiene, y sabiendo el periodo de tiempo que abarcan sus trabajos, muchos de los textos son de cuando era adolescente, lo cual no es una buena señal. Un adolescente puede escribir obras maestras en poesía, porque es algo muy pasional (mira Rimbaud, que dejó de escribir con 20 años y se le considera un genio), pero en ficción, aparte de la pasión, hay que estructurar muchísimo lo que cuentas y dominar una serie de elementos para que los relatos funcionen: voz, tema, tono, caracterización, trama, descripción, equilibrio entre escenas y sumarios, diálogos, pensamientos... Y eso se consigue con años de práctica. No parece que le preocupe mucho, ya que en la introducción a los dibujos, que son correctos, Scott dice: “Como con la escritura, me he auto-enseñado. Así hay más libertad...” Está bien buscar libertad, pero hay que ser consciente de que para escribir ficción, hay una serie de reglas que hay que seguir, y que si las quieres romper, primero tienes que dominarlas.
   Lo mejor de “Porcelain” son los poemas. No es que sean maravillosos, pero al menos se notan que son honrados y algunos tienen cierto poder evocativo, como el del chico que lloraba en la estación de tren, varios sobre dragones que dejan entrever una historia, unos cuantos contra el sistema, o el del aborto (yo no creo que una mujer que aborte se manche las manos de sangre, pero al menos Scott es sincera). Hay una serie de haikus que son divertidos. Pero entre los poemas te cuela uno llamado “out Of control” que es simple y llanamente escritura automática.
   Decir que la ficción es mala es ser muy generoso. Varios relatos no cuentan nada, son simple anécdotas que le pasaron, y Scott no sabe resaltar elementos para crear un efecto en el lector. Me temo que cuando los escribía no sabía muy bien lo que estaba contando. Tampoco cuando los revisaba. La caracterización es terrible, con personas actuando de forma increíble de un momento a otro simplemente para avanzar la trama, y cuesta muchísimo visualizar lo que está pasando (hay un relato especialmente torpe, con varias personas en una habitación, en el que es imposible saber quién es quién). Los diálogos están tratados como si fueran conversaciones, con un montón de charloteo que no va a ninguna parte. Lo único destacable es el capítulo de la novela “EyeLeash: A Blog Novel”, que tiene la originalidad de estar contada como si fuera un blog, y las conversaciones son a través de messenger. Pero hace falta editarla: los diálogos vuelven a ser conversaciones y repite información constantemente. En el relato que da nombre a la colección, Scott se jacta de “ser la primera pieza en la que me sentí realmente libre para ‘torcer las normas’ del inglés correcto”. Tenía 17 años. Te puede imaginar el resultado.
   Los ensayos son trabajos universitarios, que son iguales a los trabajos universitarios en España: un corta-pega de otros libros que citas en la bibliografía. Cuando estaba en la universidad, sabía que eso era basura que me obligaban a escribir para aprobar, pero no se me ocurría enseñárselos a nadie. En cuanto me licencié, todos mis trabajos y mis apuntes acabaron en el contenedor de reciclaje (en tan alta estima tengo la carrera de Periodismo). Por el contrario, Jess C Scott, que estudia Inglés y Empresas, los publica.
   Habla de “Moby-Dick” y dice que Melville era un homosexual reprimido, aunque reconoce que no hay pruebas. La pata de mármol de Ahab es un símbolo de haber sido mutilado por Dios. La blancura de la ballena refleja la hipocresía de la cristiandad... Cuando leí “Moby-Dick” en español, no sabía que iba perder tanto en la traducción. Analiza “El cuervo”, de Poe, y escribe que un tal Christoffer Hallqvist ve que la tempestad del exterior refuerza la soledad del protagonista. Este hombre no sabe que Poe era el mejor (y sigue siendo) creando atmósferas y estados de ánimo enrarecidos, y que si vas a escribir un poema de terror, mejor una tormenta que un día soleado. Scott, más adelante, añade que el contrate entre el negro del cuervo y el blanco del busto de Palas Atenea ha sido analizado por críticos desde la perspectiva del racismo y la lucha de clases en los Estados Unidos de antes de la Guerra de Secesión...
   En cuanto a las reflexiones, la entrevista, y la correspondencia, Jess C Scott no hace más que defender y defender la autopublicación (la llama publicación independiente) frente a los sistemas tradicionales. Los tacha de retrógrados, que coartan la creatividad de las personas, que llevan mucho tiempo para publicar, y que ella no encaja en ellos. En un apartado habla de lo mal que lo pasó con un editor interesado en su novela “EyeLeash: A Blog Novel”, y cómo después de seis meses de correspondencia, el editor cambió de editorial y Scott se quedó sin nada. Entiendo su frustración, y que critique al editor. Pero a continuación pone comentarios elogiosos de ese crítico a su trabajo. No tiene lógica es que critiques a alguien, y a continuación pongas cómo esa persona te alababa. O te quedas con lo malo, que es la frustración, o con lo bueno, que son los comentarios. Si pones los dos, se anulan.
   En otra ocasión, reproduce dos e-mails que intercambió con el director de una revista de relatos eróticos. La intención de Scott es demostrar lo perversos los que trabajan en formas de publicación tradicionales, pero leyéndolos, llegas a una conclusión bien distinta.
   Perlas del director: “No nos gusta la voz de Ed Drake. El siguiente capítulo es lo mismo. Habla como un niño. (...) Sinceramente, tengo que preguntar: ¿alguna vez has editado esta cosa? Si no nos gustaba el capítulo uno, que al menos presenta personajes y trama, por qué demonios querríamos publicar el capítulo dos, que sólo tiene sentido porque he leído el capítulo uno. (...) Te escribí que lo primero que nos mandaste de Drake no acababa de arrancar y que era repetitivo. En vez de pararte a considerar estos comentarios, simplemente nos mandaste el siguiente pedazo de tu historia (...). Y te dije que no considerábamos tu haiku como el tipo de haiku que publicaríamos, y entonces tú nos mandaste diez más de lo mismo. Tengo que preguntar: ¿alguna vez has leído algún número de nuestra revista? Dices que estás intentando publicar todo lo posible antes de buscar un agente. Para mí, eso significa que estás arrojando piezas viejas que nunca han sido editadas al mayor número posible de personas”.
   Scott le contesta que tiene muy clara la voz del su personaje, aunque haya gente que no comparta su visión; que los haikus, técnicamente no eran diez, porque juntos forman catorce estrofas y es un poema; y que claro que ha editado “Ed Drake” meticulosamente. Acaba con una posdata en la que dice que está segura que William Faulkner editó “El ruido y la furia”, así como Bret Easton Ellis, James Joyce, E. E. Cummings, y Emily Dickinson sus trabajos.
   Creo que pasará mucho tiempo antes de que vuelva a leerme un libro autopublicado.

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