¡BIENVENIDO AL RINCÓN DE CARLOS DEL RÍO!
Soy escritor y enseño a la gente a escribir novelas y cuentos. Aquí encontrarás un curso gratuito para aprender a escribir en la sección
Cómo escribir ficción, críticas de novelas y películas (desde 2015 sólo critico las obras que me han gustado mucho), y todo lo que aprendo a medida que escribo y vivo más y más. Disfruta tu visita, y espero verte a menudo por aquí.

domingo, 12 de septiembre de 2010

PROYECTO NOVELA. 8- VERDADES Y MENTIRAS SOBRE LOS ESCRITORES DE FICCIÓN (II): EL VOCABULARIO Y LA DOCUMENTACIÓN

Mis libretas
Mis libretas
Quién me lo iba a decir a mí, me he vuelto una fábrica de ideas. Cuando comencé a escribir ficción leí en “El placer de escribir” que era recomendable llevar una libreta siempre contigo para apuntar las ideas que se te fueran ocurriendo. Fui, un poco a regañadientes, a una librería y me compré una libretita. Me parecía estúpido porque, incluso si mi vida dependiera de ello, era incapaz de tener una idea. Utilicé la libreta, sobre todo, para apuntar cosas cotidianas o anotar qué libros me quería leer.
   Cuando comencé a tener ideas (el truco está en ser observador y conocerte bien a ti mismo), compré una libreta más grande. Apuntaba pocas ideas, y principalmente la utilizaba para estructuras las críticas de mi rincón.
   Ahora que estoy con la novela, las ideas salen a borbotones. Así que he aprovechado la “Vuelta al cole” que tan felizmente anuncian los centros comerciales (maldita la gracia que me hacía de niño), y me he comprado cuatro cuadernos A4. Cuando estoy dándole vueltas a la trama, se me ocurren acciones para moverla de un punto a otro, y entonces las apunto para que no se me olviden. Hasta hace poco me fiaba de mi memoria, pero ya es imposible que recuerde todo.
   Esta semana he estado escribiendo algo que hace que los protagonistas se distancien. En una escena dejaba muy claro qué sucedía, pero al pasar los días, se me ocurrió que era mejor guardármelo, y que el lector lo descubriera un poco más tarde. Así que le di vueltas a cómo hacerlo, y cuando supe las acciones concretas, corrí a apuntarlo en la libreta.
   Con estos artículos me pasa lo mismo. Sé que aspectos de la ficción quiero explicar, y lo que hago es ponerme a pensar cuál es la forma más clara y amena de contarlo. Esta semana estuve pensando en la voz. Primero me di cuenta de que es algo tan confuso porque mucha gente mezcla conceptos; y cuando los tuve claros, busqué como explicarlos y qué ejemplos poner. Entonces, otra vez a corrí a la libreta, para que no se me olvide cuando me toque escribir ese artículo.
   En la libreta también apunto ideas que tal vez sean el germen de una novela o un cuento. El otro día arrastré a mi madre a un centro comercial para que me ayudara a comprarle un regalo a mi hermana para su cumpleaños. Me metió en la sección de ropa, y cuando pensaba que sí era posible morir de aburrimiento, miré a un maniquí y se me ocurrió algo. En cuanto llegué a casa, lo apunté. Igual no lleve a nada, pero ahí está.
   He decidido que la libretita se va a ir conmigo a todas partes. Nunca sabes cuando te va a asaltar una idea. Al final, resulta que sí que era un buen consejo.
Sigamos con la corrección.

LA BORDIONA Y LAS ANÉCDOTAS
   5- Un escritor de ficción debe tener un vocabulario vastísimo. MENTIRA.
   -¿Mentira?, ¿no decías en el anterior punto que un escritor tenía que dominar su idioma? ¿Carlos, no sufrirás algún trastorno bipolar?
   Pues nunca me lo he mirado… Lo que tiene que dominar un escritor son las palabras que utiliza al escribir. Si usas mil palabras correctamente, tu prosa será mucho mejor que si utilizas 10.000 cuyo significado no dominas, ya que habrá vaguedades y frases confusas. Así que asegúrate de que conoces el significado de todas las palabras que pones en el papel.
   Al contrario de lo que piensa la gente, los escritores no tienen que desayunarse diccionarios para resucitar términos del cementerio de las palabras, y así poder deslumbrar a los lectores con su inconmensurable léxico. Si estás poniendo palabras altisonantes sólo para lucirte, se notará y quedarás como un pedante.
   Por lo tanto, no te agobies si la frase “La bordiona gració al zaguanete” te parece un idioma extranjero. O lo ha escrito un pedante o alguien que lleva siglos muerto.
   Esto me lleva a un punto muy importante de la escritura de ficción: jamás, jamás, jamás, trates a los lectores con condescendencia. Si tienes un problema de ego y necesitas creerte superior, busca alguna solución, pero no escribas ficción. No des lecciones, no dictes cómo tiene que pensar la gente, no intentes cambiar el mundo. Tus lectores son tan inteligentes como tú; trátalos como tales y dales buenas historias (si les interesan mucho, algunas les harán pensar).
   Volviendo al tema del vocabulario, lo vas a ir ampliando a medida que escribas, simplemente porque habrá situaciones en las que no te quedará más remedio que utilizar términos que no conocías. Que escribes un cuento en un barco, ya no vale: “El capitán fue al sitio ése donde está el timón”; que luego pasas a un monasterio, tampoco sirve: “Los monjes paseaban por el patio interior que tienen los monasterios, ése que suele tener una fuente en medio”.
   La mejor forma de aprender vocabulario nuevo es leyendo novelas y cuentos, y buscando en el diccionario cada palabra que desconoces. En cuanto buscas un mismo término varias veces, se te queda grabado en la mente, y entonces ya puedes utilizarlo sin miedo a meter la pata.
Fernando Lázaro Carreter
Fernando Lázaro Carreter
   Hay un libro que a mí me ayudó mucho para escribir con cuidado: “El dardo en la palabra”, de Fernando Lázaro Carreter (sí, el mismo que nos torturó a varias generaciones de estudiantes con los libros de lengua y literatura, pero aquí es mucho más ameno). Son una colección de artículos, publicados en periódicos españoles desde mediados de los 70 a mediados de los 90, en los que Lázaro Carreter analizaba, con mucha ironía, lo mal que utilizaban el lenguaje los periodistas. Desde que me lo leí, hace ya nueve años, presto mucha más atención a cómo escribo.
   No estoy defendiendo que te conviertas en un purista de la lengua, ya que el español es un idioma vivo, y por lo tanto, cambia constantemente; pero sí digo que tengas cuidado al escribir, que no es cierto que todo vale mientras seas capaz de comunicar un mensaje. En ficción tienes que comunicar un mensaje de la mejor forma posible.
   No está de más que sepas que “oír” y “escuchar” nunca han sido sinónimos, y que si escribes “Se escuchaba un ruido”, lo que querías decir es “Se oía un ruido”; o que “peliculón”, “lívido”, y “enervar”, tienen cada una dos significados opuestos, y de ti depende cuál utilices; o que “deber de” y “deber” no significan lo mismo.
   El mejor consejo que puedo dar es que antes de escribir nada, tengas claro qué quieres decir; y entonces busques las palabras adecuadas para hacerlo y escribas.
   Y llama al pan, pan y al vino, vino. Siempre.
   Por cierto, esa incompresible frase sobre la bordiona significa “La ramera dio las gracias a la guardia real”.

   Nota sobre los puntos 4 y 5: Estos puntos pueden paralizarte a la hora de escribir. No avanzas porque tienes miedo de cometer errores gramaticales, o en el diccionario no viene una palabra que utilizas y no sabes qué hacer. Si te pasa esto, como me pasó a mí durante mucho tiempo, te aconsejo que en la primera versión de tu relato no te obsesiones con esos aspectos, que te dediques a escribir la historia que quieres contar; y en la revisión, corrijas el lenguaje.

   6- Un escritor de ficción debe documentarse exhaustivamente antes de escribir. DEPENDE. Ésta era la pregunta-trampa, ponte medio punto.
   Si escribes novela histórica, es fundamental. Guy Gavriel Kay, un autor canadiense que mezcla fantasía con novela histórica, dice en los agradecimientos de “Los mosaicos de Sarantium” (Sarantium es su versión de Bizancio), “Hace mucho que pienso que para hacer una variación en ficción sobre un periodo concreto, uno debe primero intentar comprender lo más posible sobre ese periodo”; y pasa a nombrar a una serie de expertos en Bizancio y documentos históricos que lo ayudaron a documentarse.
   Margaret George, autora de “Helena de Troya” o “María Magdalena: La novela”, en el número de agosto de 2010 de “The Writer”, explicaba que ella comenzaba con una biografía general del personaje histórico sobre el que iba a escribir, y que cuando tenía una buena visión del conjunto, leía libros que se centraban en un único aspecto de ese personaje y buscaba detalles concretos del periodo, como el tamaño que tenía el Parlamento en la época de Isabel I de Inglaterra o un mapa de las calles de Londres. George contaba que el proceso le llevaba un par de años, y que siempre que podía, después de leerse todos los documentos, viajaba al lugar para conocerlo en persona.
   Es lógico que leas mucho antes de escribir, para hacerte una idea de cómo era el periodo, y a medida que desarrollas la trama, sigas documentándote para no cometer errores. Pongamos que quieres contar una historia en la España del siglo XVI, y tienes una escena en un banquete: ¿ya existían los cubiertos, y eran como ahora?, ¿a qué hora se solía comer?, ¿y qué se comía? Todas estas dudas las tienes que resolver si quieres que tu novela histórica suene auténtica.
   James A. Michener era famoso por lo meticuloso que era documentándose para sus novelas, que solían ser grandes sagas. Leía cientos de libros antes de escribir una palabra, y viajaba a los lugares para sentir cómo eran y poder expresarlo en la novela; aunque después mucho de lo que había investigado no tuviera gran importancia en la trama o no apareciera siquiera.
   Por una parte, documentarte tanto te puede dar ideas para la desarrollar la trama; pero existe el riesgo de que nunca te pongas a escribir. Siempre faltará algo por investigar, y lo utilizarás como excusa para no empezar la novela.
   También puede pasar que dediques varios años de tu vida a documentarte y a escribir una novela, pero como no has practicado otros aspectos de la ficción, el resultado es ilegible. Margaret George comenzó a escribir novelas de niña, porque se le acababan los libros para leer y así se entretenía; lo que no sabía es que, además de divertirse, estaba aprendiendo a contar historias.
   Si vas a desarrollar una historia en un lugar real que desconoces, más te vale que te documentes bien, como si fuera para una novela histórica, y conozcas a los lugareños para que el resultado no quede risible. Digamos que te has empeñado en escribir una novela en Argentina y con argentinos de protagonistas, pero lo único que conoces de allí es el tango. Entonces escribes muy ufano:

Ricardo le dijo a su mujer Laura:
-Estuve en la playa cogiendo conchas.
-¿Me trajiste alguna? Siempre quise tener una concha.

   Te aseguro que harás que toda Argentina se doble de la risa y piense que sos un boludo.
   En el resto de los géneros depende de lo que realmente quieras contar. Si escribes un thriller judicial estilo John Grisham, es lógico que tengas que dominar el sistema judicial; o si lo que quieres contar son los efectos de la leucemia en tu protagonista, tienes que saber qué siente la gente que ha sufrido, o está sufriendo, de leucemia.
   De lo que te tienes que asegurar siempre es de poner los detalles correctos de todo lo que escribes.
   Pongamos que tu protagonista va al cine a ver una película en 3D. Si va a comprar palomitas, no hace falta que investigues todos los procesos por los que pasaron las palomitas desde que estaban en un maizal, o que sepas qué horarios y sueldo tiene el chico que las vende. Pero si escribes “La película se trabó en el proyector y el fotograma comenzó a quemarse”, demostrarás que no te has documentado lo suficiente, y a gente como yo, locos por el cine, nos sacarás del relato porque en la actualidad el cine en 3D es digital, y por tanto, no puede quemarse.
   Gracias a internet, hoy en día es muy fácil encontrar este tipo de información. Y escribas del tema que escribas, tiene que dar la sensación de que lo dominas, aunque tan sólo utilices cuatro datos. Si el lector descubre algún fallo, como el del cine digital, pondrá en duda tu credibilidad como escritor.
   Internet tan sólo es una fuente, pero si necesitas profundizar en un tema, recurre a libros, a expertos, o entrevista a gente relacionada con él. Hablar con personas tiene la ventaja de que puedes preguntar precisamente lo que quieres saber, y que los entrevistados te cuenten anécdotas que puedes utilizar en tus textos; anécdotas que darán más sensación de vivido a tus relatos.
   En mi novela he tenido que averiguar cómo se baila salsa, qué necesitas para ser taxista, o cómo son realmente los pacientes en coma (nada que ver con lo que aparece en la películas, ¿sabías que algunos reaccionan a estímulos externos y abren los ojos?). Todo sacado de internet. Lo siento, pero me da vergüenza ir asaltando a gente por la calle para que me cuente sus experiencias. Tuve que aprender nociones básicas de maquillaje y no me veía yendo a The Body Shop para preguntarle a la dependienta: “Si fuera una mujer y quisiera resaltar mis pómulos, ¿cómo lo haría?”.
Continuamos con la corrección en el siguiente artículo.

Recomendaciones:
   -“El dardo en la palabra”, de Fernando Lázaro Carreter. No es para tomártelo al pie de la letra, es para que tengas más cuidado al escribir. Existe una continuación, “El nuevo dardo en la palabra”, que recoge los últimos artículos de Lázaro Carreter. No me lo he leído, pero supongo que sea tan bueno como el primero.
   Consíguelo en Amazon.es o en Iberlibro.com

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