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martes, 5 de octubre de 2010

El que habla con los muertos [6]

Portada americana de El hombre que habla con los muertos, de Brian Lumley
NOVELA
Necroscope
(Reino Unido, 1986, 400 páginas)
Brian Lumley

Antes de comenzar “Las Crónicas Necrománticas” en los 80, el británico Brian Lumley ya había publicado varias novelas de terror (las más conocidas son la serie de Titus Crow, que expanden los mitos de Cthulhu de H. P. Lovecraft); pero fueron esas crónicas las que le pusieron entre los autores más populares del género. La serie comenzó con “El que habla con los muertos” (1986), y tuvo tanto éxito en el Reino Unido y Estados Unidos que Lumley, aparte de vivir de ellas, desde entonces ha escrito 4 secuelas y 11 spin-offs, el último publicado este mismo año. En España la editorial Timun Mas ha publicado las 5 novelas de la serie original, que aún siguen en circulación.
   “El que habla con los muertos” se desarrolla en los años 70, en plena Guerra Fría. La URSS y el Reino Unido, además de tener una red de espías, han creado secciones que investigan lo paranormal. El jefe de la división soviética, Borowitz, ha encontrado a una persona con un talento muy especial: Boris Dragosani, un hombre capaz de hablar con los muertos a través de una autopsia salvaje. Lo que no sabe Borowitz es que Dragosani tiene una agenda oculta: hacer que su Valaquia natal, en Rumanía, resurja de las cenizas. Borowitz tampoco sabe que Dragosani adquirió su don gracias a un vampiro enterrado en su pueblo, con el que mantiene conversaciones cada vez que va.
   En el Reino Unido, en los años 60, un adolescente, Harry Keogh, parece ser un genio: sin previo aviso pasa a ser un portento de las matemáticas; y más tarde, con sólo 18 años, habiendo sido mediocre con el inglés, se convierte en un escritor de éxito. Keenan Gormley, el jefe de la sección británica va en su busca porque sabe su secreto: Harry Keogh puede hablar con los muertos.
   Brian Lumley es muy imaginativo y retorcido y no se toma muy en serio el material, pero al mismo tiempo es poco cuidadoso y a la novela le sobran muchas escenas. Da la sensación, especialmente al principio, de que Lumley no tenía muy claro hacia dónde iba aquello y lo averiguó a base de escribir, sin molestarse luego en reescribir lo ya escrito.
   La primera mitad es la peor. Cada vez que cambia de trama, hay demasiadas páginas en las que no sabes a dónde se dirige la historia ni por qué nos han de importar los personajes; y cuando lo averiguas, te preguntas por qué dio tantos rodeos para llegar allí, o dedicó tanto tiempo a un personaje que no tiene importancia. Además, Lumley, de vez en cuando comienza con largas descripciones de edificios que no sabemos qué relevancia tienen (el hotel londinense que abre la novela, o la presentación de la base rusa en el primer capítulo), o mete una descripción que no sirve de nada (el caso más grave es cuando Harry pasea por su novia por una plana, y el narrador cuenta el problema que tienen por los desperdicios de la minas de carbón).
   La novela tiene un narrador omnisciente, que además de pasar de mente en mente, sabe más que ninguno de los personajes. Muchas veces este recurso funciona bien, porque muestra cómo ven una situación de forma distinta los personajes y lo que ocultan, pero otra veces, el narrador ha adelantado tanta información que algunos momentos, en los que Lumley juega con la incertidumbre, no tienen sentido: las transformación de Boris, o cuando Brenda, la novia de Harry, descubre que él puede hablar con los muertos. Sucede lo mismo con el enfrentamiento entre la URSS y el Reino Unido: como la novela pasa de un bando a otro constantemente y muestra todo lo que se traen entre manos, no crea ningún suspense que los personajes se pregunten qué está pasando en el otro lado. Además, a Lumley se le va la mano con las exclamaciones, que utiliza cada vez que quiere dar un golpe de efecto: hay tantas que al final pierden efectividad.
   Lumley tiene un sentido del humor que a mí me hace mucha gracia (Dragosani en casa de la tía y las primas ninfómanas, donde las puertas no tienen pestillos; Harry espiando a los profesores que echan un polvo entre las dunas; Gormley preocupado porque uno de sus empleados le ha preguntado por su salud, preocupado porque ese empleado puede ver el futuro); el problema es que a veces los chistes duran demasiado, y ya no hacen gracia.
   A veces es muy torpe con los diálogos, metiendo de forma muy forzada parrafadas de antecedentes (del tipo: “Como ya sabes Boris, bla, bla, bla…”); y en otras muchas detiene la acción en seco para meter historia pasada. Algunos de los personajes se contradicen (el profesor que examina a Harry, que dice que eran preguntas muy difíciles, para reconocer que había una bastante fácil; o cuando Harry se cuela en casa de su padrastro diciendo que lo ha encontrado por los anuncios del periodico –da clases de idiomas-, y éste dice que no tiene tiempo para más alumnos, entonces ¿por qué ponía anuncios en los periódicos?) y tiene partes increíbles (para mí la peor es el enfrentamiento entre Harry y su padrastro: injustificado que el padrastro actúe como lo hace), y algún desenlace muy decepcionante.
   Pero “El que habla con los muertos”, para compensar, tiene partes excelentes: la presentación de Boris Dragosani; la historia del vampiro en la Segunda Guerra Mundial; las conversaciones de Boris con el vampiro; las charlas de Harry con los muertos, o la escalada de tensión en el gran final. Están llenas de detalles originales y no haces más que pasar páginas y páginas sin que te des cuenta. El último capítulo es muy ingenioso y el epilogo tiene tanta mala leche que es genial.
   “El que habla con los muertos” está lograda a medias. Todavía no he decidido si seguiré leyendo las demás novelas.

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