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sábado, 14 de mayo de 2011

Placeres prohibidos [2]

Portada británica de Placeres prohibidos de Laurell K. HamiltonNOVELA
Guilty Pleasures
(EE.UU., 1993, 344 páginas)
Laurell K. Hamilton

En 1993 Laurell K. Hamilton publicó “Placeres prohibidos”, la primera parte de la serie de Anita Blake, una cazavampiros  que vive en una versión alternativa de los Estados Unidos donde los humanos conviven con vampiros, hombres lobos, zombis y demás seres paranormales. La serie tiene mucho éxito y el mes que viene Hamilton publicará la 20ª entrega; y desde 2007 la Marvel está adaptando las novelas a comics. Por lo visto, a medida que avanza la serie aumenta el erotismo y disminuye la coherencia. Teniendo en cuenta lo poco que me ha gustado la primera parte, me temo que me quedaré sin comprobarlo.
   Anita Blake es una mujer que se gana la vida resucitando a los muertos y matando vampiros en San Luis. Un día, un vampiro intenta contratarla para que investigue los asesinatos de una serie de vampiros. Anita rechaza el caso, pero los vampiros le tienden una trampa, en donde amenazan a una amiga suya, y tiene que aceptar el caso. Muy a su pesar, Anita tiene que trabajar para el enemigo.
   Supongo que los muchos fans que tiene “Placeres prohibidos” sean lectores muy pocos exigentes, de esos a los que “El código Da Vinci” les parece una maravilla. Leerán pocas novelas al año y tardarán varios meses en acabarse una obra. “Placeres prohibidos”, como la castaña de Dan Brown, está escrita para subir la tensión a cada momento, aunque la trama no tenga ni pies ni cabeza.
   Me imagino que si lees pocas páginas cada día, como una pastillita de emoción y sin darle muchas vueltas a lo que ha ocurrido con anterioridad, esta novela te parezca entretenida. Si la acabas en pocos días (o lees habitualmente ficción), “Placeres prohibidos” te parecerá terrible. Con todo, yo la prefiero a “El código Da Vinci”, que ésta al menos tiene humor.
   Sería injusto si no dijera que la novela tiene elementos buenos. Hamilton ha creado un mundo muy interesante en el que los vampiros quieren tener el mismo estatus que los humanos, en el que los muertos son resucitados para aclarar cuestiones de testamentos, y donde una iglesia de vampiros ofrece la vida eterna. Tiene mucha gracia cómo Anita se da fuerzas para parecer dura, o cómo se autoengaña con lo que siente por Phillip y Jean-Claude; y a veces tiene pensamientos muy divertidos (la descripción de la oficina llena de plantas es genial). También está bien el efecto hipnótico que tienen los vampiros sobre los humanos y toda la cultura sado-maso que hay entre las dos razas.
   Pero la trama no hay por donde cogerla.
   Como nada tiene mucho sentido, parece que la solución que encontró Hamilton fue complicar todo mucho, para que el lector no se diera cuenta de los huecos como cráteres que tiene la novela.
   Empezando por lo que pone en marcha la obra: ¿qué sentido tiene que los vampiros contraten a Anita, conocida como la Ejecutora por matar vampiros? A medida que avanza la novela, esto cada vez se hace más incoherente. Anita llega a la guarida de Nikolaos, la jefa de los vampiros de San Luis, y resulta que ya tienen a un resucitador que está interrogando a un testigo de los asesinatos, ¿para qué Anita? ¿Y por qué Nikolaos la contrata, si se pasa el resto de la novela queriéndola matar?
   Los quince primeros capítulos son agotadores. Sin tener tiempo para conocer al personaje, y por tanto crear empatía, Hamilton mete a vampiros, hombres rata, zombis y demonios que de una manera u otra interfieren en la vida de la protagonista. Sí, hay un montón de peligros, pero qué más daba si no conoces al personaje.
   Hamilton es muy mala plantando elementos. O bien se te olvidan, porque los planta al principio y pasan tantas cosas que es imposible recordarlos (como lo oprimidos que tiene Nikolaos a los hombres rata); o los planta sin ningún rubor, aunque parezcan caídos del cielo, para que Anita se pueda salvar (las cerillas de Zachary y el cobertizo del cementerio, o la espada de Burchard).
   También se saca de la manga, al final, un hombre lobo muy práctico; Ronnie, una amiga, milagrosamente la llama a Anita a un bar en el que era imposible que supiera que estaba; por pura casualidad Anita se encuentra a los vampiros en un cementerio cercano y descubre algo fundamental (es ridículo que no se hubiera dado cuenta antes); y de algún modo, porque no se explica, alguien le tiene una trampa en el cementerio. Además la novela está terriblemente superpoblada con personajes que se podía ahorrar (yo muchas veces tenía que volver atrás para saber si un personaje era nuevo o ya estaba presentado). Farragosa hasta la nausea.
   Y Hamilton es muy torpe subiendo la tensión. Aparte de los agotadores quince primeros capítulos y de que llegó un momento en que todo me daba igual, Hamilton sube la tensión sin ninguna justificación en varias ocasiones. Una mañana Anita se sobresalta (y Hamilton lo estira muchísimo) porque llaman a la puerta; es su amiga Ronnie, con la que va a entrenar todos los sábados. Parece que Anita tiene memoria de pez. En otro momento, Hamilton desarrolla mucho una escena en la que Anita descubre por una vecina cotilla que alguien se ha colado en su casa. Anita está muy preocupada y no sabe quién puede ser (yo sí lo sabía), y cuando llega a casa, recuerda que había quedado que esa persona le dejaría armas en casa. Si esto no es tomarle el pelo al lector.

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