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viernes, 10 de junio de 2011

Ella [6]

Portada británica de Ella, de H. Rider HaggardNOVELA
She
(Reino Unido, 1886-1887, 317 páginas)
H. Rider Haggard

H. Rider Haggard fue un escritor inmensamente popular durante las últimas décadas del XIX y primeras del XX. Está considerado el padre (o el que consolidó) del subgénero del mundo perdido, aquel en el que unos aventureros descubren una civilización perdida llena de maravillas. En vida, su novela más famosa fue “Ella”, que Rider Haggard publicó por primera vez entre 1886 y 1887 por entregas en la revista “The Graphic”, y en 1887 en forma de libro. Según un artículo de “Time” de 1965, por aquel entonces ya llevaba vendidos 83 millones de ejemplares. “Ella” sigue editándose regularmente, por lo que supongo que haya vendido algo más, lo que la convierte en unas de las novelas más vendidas de la historia.
   Sin embargo, la novela que mejor ha soportado el paso del tiempo, aquella por la que recordamos a Rider Haggard (incluso si el autor no te dice nada, esta novela la conoces) es “Las minas del rey Salomón” (1885), con Allan Quatermain de protagonista. A lo largo de su carrera, Haggard continuó con las series de Quatermain y Ella, y precisamente en su última novela se encontraban: “Ella y Allan” (1921). H. Rider Haggard influyó mucho en Edgar Rice Burroughs, Rudyard Kipling o Robert E. Howard. Y se podría decir que es el abuelo de Indiana Jones.
   “Ella” es una historia dentro de otra historia. El autor ha recibido unos escritos de un profesor de Cambridge, Horace Holly, que junto con su hijo adoptivo, Leo Vincey ha corrido unas aventuras extraordinarias en África, pidiéndole que si los considera de valor, los publique con la única condición de cambiar sus nombres reales. Se los ha mandado a él porque en el pasado escribió un libro sobre aventuras africanas (no se nombra, pero lógicamente se refiere a “Las minas del rey Salomón”). En los escritos, Holly narra como el padre de Vincey, antes de morir, le dejó un baúl que sólo podría abrir 20 años después, cuando su hijo tuviera 25. Llega ese día y al abrir el baúl, descubren la historia familiar de Vincey, remontándose 2.000 años en el tiempo. Según los documentos, en las misteriosas montañas de Kôr habita una diosa, Ella, La que debe ser obedecida, donde reina desde hace veinte siglos. Sabiendo que allí está el origen de su familia, Leo Vincey convence a Holly y a su cuidador Job para viajar a esas misteriosas tierras africanas.
   “Ella” ha envejecido muchísimo, y sólo es recomendable para muy curiosos. Tiene elementos geniales, sobre todo porque ves cómo se han repetido posteriormente hasta la saciedad, pero que nadie se espere el equivalente literario de una película de Steven Spielberg, que se va a llevar una gran decepción. Muy resumidamente, se podría decir que la mitad de “Ella” sigue siendo fascinante (y hace 125 años dejaría a los lectores con la boca abierta), y la otra mitad, entrelazada con la anterior, es terriblemente aburrida.
   Hasta que los protagonistas no llegan al poblado de los amahagger, en el capítulo VI, la novela es insufrible. Haggard prepara mucho los momentos, pero la preparación se le va de las manos. El primer capítulo sirve para picar la curiosidad del lector, sobre esos misteriosos escritos, aunque tiene parrafadas soporíferas; el segundo capítulo es la historia de Holly y Leo de niño, y por lo tanto la trama no avanza nada; y el tercer capítulo es una prueba de resistencia: está muy bien estirado lo de abrir el baúl y ver que hay más cajas dentro, pero la trascripción y traducción de los textos es una tortura. Si decides leerla, después de este punto, el capítulo VI, la novela mejora mucho (lo más emocionantes hasta entonces es una pelea entre un león y un cocodrilo que hoy en día no resulta muy apasionante).
   Haggard prepara muchísimo la presentación de Ella, y cuando aparece por primera vez, casi a mitad de la novela, no defrauda. Ella es muy misteriosa y siempre transmite una sensación de peligro. Y Haggard juega constantemente con que si Ella es inmortal o realmente son varias mujeres que se han ido pasando el mando de generación en generación. Pero eso sí, cuando se pone a filosofar, a lo que es muy dada, sus parrafadas son insoportables. Holly, de vez en cuando, también se lanza a digresiones sobre la inmortalidad, que son durísimas de leer.
   Además, supongo que se debe a que los lectores de entonces no eran tan sofisticados como los actuales, Haggard repite varias veces una misma información (los antepasados de Vincey te los acabas sabiendo de memoria), y cuando el lector ya ha llegado a la conclusión de que Vincey es la reencarnación de Kallikatres, y de que su romance con Unstane no le va a hacer mucha gracia a Ella, Haggard lo explica todo.
   El romance con Unstane está muy forzado; el pasadizo secreto que encuentra por casualidad Holly en la habitación de Vincey y que lo conduce a una cámara secreta está muy trillado (tal vez en lo época fuera una novedad); y al ser una historia dentro de una historia, Haggard pierde posibilidades de crear suspense: desde un principio se sabe que Holly (está narrada en primera persona, desde su punto de vista), y Vincey regresaron a Inglaterra, y eso que en varias ocasiones Vincey está a punto de morir.
   Por el contrario, Haggard destaca por el sentido de lo maravilloso. El poblado de los amahagger es interesantísimo, y a lo largo de muchas páginas lees apasionado para saber más sobre ese pueblo. Haggard va dando la información muy poco a poco, y lo que desvela cada vez es más interesante. Aquí también prepara muy bien los momentos, y los remata muy bien: la ceremonia de la maceta caliente, los encuentros con Ella, el encuentro entre Vincey y Kallikatres, la danza nocturna. La parte en las ruinas de la antigua capital de Kôr es muy misteriosa, y los capítulos en los que buscan el fuego de la vida son muy buenos (sobre todo cuando Ella está callada).

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