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sábado, 17 de diciembre de 2011

Madame Bovary [10]

Portada de Madame Bovary, de Gustave FlaubertNOVELA
Madame Bovary
(Francia, 1856, 406 páginas)
Gustave Flaubert

“Madame Bovary” se publicó por primera vez de forma seriada en 1856 en la revista “Revue de Paris”, donde fue atacada de obscena y llevaba a juicio. Al año siguiente, cuando se la absolvió, se publicó en forma de libro y se convirtió en un best-seller; y desde entonces no ha hecho más que ganar prestigio y en la actualidad se la considera una de las novelas más importantes de la literatura universal.
   “Madame Bovary” sigue las vicisitudes de Emma Bovary, una mujer que es incapaz de ser feliz porque tiene una visión muy romántica de la vida (y es egoísta, caprichosa y despreciable), y en su desgracia arrastra consigo a gente que la ama. La trama es muy sencilla, pero lo que la convierte en una obra maestra es la evolución de Emma, que da la estructura a la obra; el cuidado que tenía Flaubert en caracterizar psicológicamente a los personajes secundarios y en buscar detalles concretos que dibujaban el mundo físico en el que se desarrolla la novela, lo que hace que “Madame Bovary” esté poblaba de personajes muy verosímiles e identificables en un lugar muy real; y el mucho humor que tiene, algo que parecen olvidar los críticos. Y un cuarto factor, que ni Flaubert ni nadie puede controlar, que es lo bien que está envejeciendo esta novela.
   Hay dos aspectos de “Madame Bovary” en los que se notan el paso de los años. Durante los primeros capítulos Flaubert se centra en contar los primeros años de Carlos Bovary, el futuro marido de Emma, en páginas y páginas que fundamentalmente son narradas, no mostradas en escenas; y que sirven para enseñar que Carlos es un personaje muy gris. Esta parte ahora resulta muy larga. Y algunas descripciones físicas de lugares son demasiado extensas (la peor es cuando los Bovary se mudan a Yonville-L’Abbaye, al comienzo de la segunda parte, donde hay páginas desde el punto de vista del narrador que incluso hablan de la historia reciente del pueblo, y donde apenas hay tensión en el pasaje que describe). El resto es maravilloso.
   A lo largo de la novela Flaubert juega constantemente con los sentimientos de sus personajes (y a partir del capítulo V de la primera parte, en donde se convierte en protagonista absoluta, sobre todo con los de Emma), y de forma muy sutil va describiendo qué sienten y qué cambios van a buscar en sus vidas. “Madame Bovary” funciona tan bien porque Flaubert utiliza el narrador omnisciente, que estaba muy en boga en el XIX, y así pasa de cabeza a cabeza, logrando que el lector muchas veces se adelante a los personajes (como es cómo acabará el romance entre Emma y Rodolfo, que se sabe desde el principio) y logrando muchas ironías (como el amor ciego que siente Carlos por su mujer, cuando ella lo quiere bastante poco; o la imagen que da la Bovary a sus conciudadanos, que no es para nada la auténtica).
   La evolución de Emma es la que conduce la trama, de una mujer muy fantasiosa (el romance que se imagina con el vizconde) que no se atreve a consumar una relación adúltera (con León. Es muy buena la parte en la que Bovary se distancia del joven, aunque por dentro sufre porque está enamoradísima), a una que cada vez es más atrevida y acaba mintiendo miserablemente y haciendo artimañas para estar con sus amantes. Flaubert va plantando tanto los romances de Emma como otros elementos que influirán en la trama (como el comerciante Lheureux o lo que oculta el boticario en su cuarto secreto).
   En las relaciones con los amantes destacan los comicios agrícolas, que es una escena que es una obra maestra en sí misma (Emma está con su futuro amante Rodolfo en el balcón del ayuntamiento, flirteando ambos como locos, mientras en la plaza del pueblo las autoridades sueltan aburridos discursos alabando la agricultura francesa; y las acciones se van alternando), el momento en el que Emma es adúltera por primera vez, y más tarde un polvo que echa en un simón, que es divertidísimo, contado desde el punto de vista del chófer y varios viandantes que no entienden por qué se balancea tanto ese carruaje.
   “Madame Bovary” tiene mucho humor. Homais, el farmacéutico, es hilarante por lo patético que es (me encantan los artículos que escribe para el periódico, cómo hace la pelota a Carlos para que no lo denuncie por practicar la medicina, las discusiones que tiene con el cura, y el viaje a Ruán que hace que estropea un encuentro furtivo entre León y Emma). Y Flaubert se las apañaba para meter en momentos muy dramáticos elementos cómicos, que son geniales: el ataque que sufre Emma cuando la abandona uno de sus amantes, y que el farmacéutico está convencido que lo ha provocado unos albaricoques en mal estado; o cuando la niña de los Bovary ve a su madre enfermísima en la cama, y con toda la habitación muy iluminada piensa que han venido los reyes magos y se da una conversación absurda que el lector entiende (y se divierte mucho) y los personajes no.

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