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sábado, 14 de mayo de 2016

Deeply Odd [6]

Portada original de Deeply Odd, de Dean Koontz
NOVELA
Deeply Odd
(EE.UU., 2013, 352 páginas)
Dean Koontz 

Después de escribir dos de las mejores novelas de la serie de Odd Thomas en 2012 (la más corta “Odd Interlude”, y “Odd Apocalypse”, que es mi favorita), Dean Koontz publicó la sexta y anteúltima parte en 2013, “Deeply Odd”. Sin estar mal, y teniendo ideas y escenas muy buenas, esta entrega resulta un poco decepcionante y es de las más flojas.
    Tras dejar la mansión Roseland en compañía de la misteriosa Annamaria, Odd Thomas ha alquilado una casita en un pueblo costero a 200 millas de Pico Mundo. Un día que va a hacer unas compras, su magnetismo psíquico le hace seguir a un enorme camión hasta un centro comercial. Cuando el camionero abandona el vehículo, Odd se acerca a investigar con tan poco cuidado que es pillado infraganti, pero al tocarle el conductor Odd ve una terrible escena en el futuro: el camionero va a quemar vivos a tres niños en el escenario de un teatro.
    “Deeply Odd” comienza muy bien, con esa amenaza del camionero. A continuación el conductor intenta matar a Odd en una escena en un supermercado que tiene mucha gracia por la habilidad del protagonista de arrojar frutas, y luego Odd roba un coche (de un robo) y sigue al camión, hasta que acaba en el fondo de un barranco.
    Cuando Odd vuelve a la carretera, hay una enorme casualidad que ayuda demasiado al personaje a lo largo de toda la novela: aparece una limosina conducida por la anciana Edie Fischer, quien busca un chófer. Más adelante Koontz, cuando ya sabes lo peculiar que es la anciana y los muchos secretos que oculta, lo intenta justificar diciendo que Fischer había soñado con un chico como Odd, y que al verlo supo que era él. La anciana es un personaje secundario muy típico de Koontz, rarísimo y con mucho encanto, lo que da lugar a diálogos muy largos y divertidos, pero el recurso de venir a ayudar a Odd cuando más lo necesitaba es demasiado fácil y parecido a lo que hacía otra mujer, Birdie, en la cuarta parte, “Odd Hours”: también le ofrecía un medio de transporte y un arma.
    Aquí, además, hacia el final, cuando Koontz ha presentado un enemigo prácticamente invencible y el rescate de los niños como algo improbable, Edie se saca de la manga a unos amigos que pueden darle a Odd armas y demás equipamiento, lo cual hace que baje la tensión.
    En el clímax, tal vez porque Koontz le había complicado demasiado las cosas a Odd como para que pudiera resolverlas, el autor recurre a soluciones muy fáciles para que el chico pueda salir adelante. De un lado, se salta una convención que tenían los fantasmas desde la primera novela —la de no poder hablar— y así el espíritu de un director de cine muy famoso se vuelve parlanchín a última hora para poder ayudar a Odd; y una vez que descubre dónde están los niños y aniquila a sus guardas (en una escena que también tiene mucho humor), Koontz encuentra una solución excesivamente sencilla: Boo, el perro fantasma de Odd, le ha seguido, y casualidad de casualidades, una niña es capaz de verlo, por lo que Boo puede conducirlos al exterior mientras Odd se encarga de los enemigos. Y sin desvelar nada, también es demasiado fácil, aunque muy espectacular, cómo Odd acaba con la amenaza paranormal.
    A pesar de esos atajos, que resultan decepcionantes, “Deeply Odd” sigue teniendo a un protagonista sencillo y muy entrañable, bastante más inteligente y con más sentido común que muchos con ínfulas, quien sigue profundamente enamorado de Stormy Llewellyn; sigue teniendo un humor tontorrón muy divertido y grandes escenas paranormales, por lo imaginativas que son y lo bueno que es Koontz estirándolas y estirándolas durante varias páginas. Aquí brillan los cambios de dimensión en el centro comercial (una es el mundo actual y la otra un mundo de oscuras tierras baldías poblado de inquietantes seres); las dos dimensiones en el garaje, donde además aparece un ser que dice ser Odd Thomas, pero que realmente le quiere robar su alma; y todos los preparativos en el edificio de la escena del clímax.

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