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sábado, 10 de diciembre de 2016

La marca del meridiano [7]

Portada de La marca del meridiano, de Lorenzo Silva
NOVELA
La marca del meridiano
(España, 2012, 399 páginas)
Lorenzo Silva 

Lorenzo Silva publicó en 1998 “El lejano país de los estanques”, donde aparecían por primera vez los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro, y desde entonces ha continuado la serie que ya lleva nueve libros, una película y dos telefilms. Por la séptima parte, “La marca del meridiano”, Silva ganó el Premio Planeta en 2012.
            El brigada Bevilacqua tiene que hacer frente a un caso que le toca muy de cerca: su antiguo jefe, amigo y mentor, el subteniente retirado Robles, ha aparecido colgado bajo un puente en Logroño, con signos de haber sido torturado antes de morir. Bevilacqua, junto con su compañera Chamorro, investigará el caso, y a medida que ahonde, más se dará cuenta de que su amigo no era trigo limpio.
            Es la primera novela de Silva que me leo, y me ha gustado, y además, me parece un buen ejemplo de novela escrita a toda pastilla que es buena. Al final Silva pone las fechas de escritura, y fueron 5 meses exactos (aunque le suposo 5 años de preparación). Silva es bastante prolífico (debutó en 1995, y ya tiene publicados casi 50 libros), y aunque pueda sorprender a más de uno, eso no es sinónimo de mediocridad. Hay autores que escriben a toda velocidad y le queda bien, y por tanto pueden publicar varios libros al año; y autores que tardan siglos en acabar una novela, y les queda mal. Y viceversa. La calidad la dan las novelas, no la velocidad con la que se escriban.
A pesar de que me acabó gustando, reconozco que me costó meterme en la novela. Tal vez se deba a que no conocía al personaje ni su relación con Chamorro, pero por interesante que pareciera el caso (y lo era mucho) me sacaban de la historia las largüísimas reflexiones que introducía (está escrita en primera persona), o los diálogos demasiado largos y articulados para una persona normal.
Poco a poco, me fui metiendo. Silva se centra más en el caso, y la novela, en toda su parte central, es apasionante. Me encanta cómo Bevilacqua (Vila, para que a la gente no se le trabe la lengua con su apellido) va descubriendo más datos con ayuda de otros agentes, y cómo va viendo que cada vez se complican más las cosas.
Los personajes, a lo largo de la investigación, pasan por Logroño, Madrid, Barcelona y Cantabria, y Silva te muestra cómo se coordinan los distintos cuerpos de seguridad de cada zona, y los permisos que necesitan para avanzar en las investigaciones. Así contando, parece aburrido, pero era interesantísimo. Muchas veces no recordabas el nombre de algún personaje, porque hay muchos y unos cuantos están muy poco caracterizados, pero te daba igual porque el caso era tan potente que te quedabas con la nueva información que recibía Bevilacqua o la nueva puerta que se le abría.
Entonces las digresiones de Bevilacqua comenzaron a gustarme. Te anclaban la novela en un contexto histórico (reflexiona sobre la muerte de Gadafi, por ejemplo), y te ayudaba a conocer mejor al personaje para verlo como un ser humano. Y la relación con Chamorro tenía mucha gracia. Especialmente divertido es el momento en el que tienen que entrar de incógnito en el club de alterne, y no hacen más que tirarse pullas.
Después de tantas páginas tan buenas, llega el otro problema que le encuentro a la novela, y es que el final me parece demasiado precipitado. Por una parte, me cuesta creer que Bevilacqua, con lo listo que es, no sospechara quién podía estar detrás de eso, sobre todo teniendo en cuenta los derroteros por los que se estaba metiendo el caso; por otra, critico que el villano no está nada preparado, y es una sorpresa que se saca Silva de la manga en el último momento; y por otra, una misteriosa llamada, que a mí no me gusta nada, que convenientemente cierra el caso.

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