¡BIENVENIDO AL RINCÓN DE CARLOS DEL RÍO!
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domingo, 5 de marzo de 2017

VIDA DE ESCRITOR: CÓMO MOTIVARSE, Y LA ASERTIVIDAD (II)

Ya voy 46.000 mil palabras, 160 páginas, de “Érase una vez…”; calculo que eso sea la mitad. Estoy enfrascado en la parte de la motivación, y quiero dar las gracias a mis amigos Pedro Pablo Picazo, Álvaro de la Hoz y Nacho Solana por indicarme qué les motiva y qué les hace seguir adelante cuando no salen las cosas.
            Escribiendo esta parte, me he dado cuenta de cuál es mi sistema para no perder la ilusión. Cuando me meto en un proyecto, ya sea un libro de no ficción o una novela, me involucro por completo por dos motivos, y luego doy un tercer paso:

            1— Me encanta lo que estoy haciendo; ¡demonios, me he metido de forma voluntaria y sin cobrar un céntimo, como para hacerlo sin gustarme! Y me esfuerzo para que quede lo mejor que pueda, corrigiendo errores del pasado. Si me moviera solo por dinero, haría tiempo que hubiera dejado de escribir. La única garantía que tengo cuando escribo es que parto de cero ingresos y no sé si crecerán mucho, poco o nada.

            2— Pienso que va a tener una buena aceptación. En el caso de las novelas, mientras escribo pienso que esa será la que me abra las puertas de las editoriales, y que logrará que me asiente como novelista. Y en el caso de los libros autoeditados, pienso que van a tener buenas ventas, porque sí, necesito ganar dinero.

            3— Cuando acabo, hago lo siguiente, y es fundamental para no frustrarse: me distancio emocionalmente de ellos por completo y me pongo con el siguiente proyecto, al que le echo toda mi pasión. Esa distancia emocional es la que me permite recibir los rechazos y los fracasos sin que me afecten, y analizar cuáles pueden ser sus defectos y si yo puedo hacer algo para solucionarlos; y como siempre estoy con algo entre manos, no me desespero porque pienso que si un proyecto no funciona, lo hará el siguiente.

            Más de una vez he oído decir que tu novela es tu niño, o cosas por el estilo. ¡No digáis eso! Así solo vais a conseguir sufrir. Y la gente que dice eso, ¿qué pretende, escribir solo una o dos novelas en su vida? Apasionaos durante el proceso de escritura, pero luego distanciaos; de lo contrario, lo vais a pasar muy mal.

            Y hasta aquí os puedo contar. 

LIDIANDO CON ENERGÚMENOS
Volvamos a la asertividad. El otro día fui con unos amigos al cine, a los que hacía tiempo que no veía. Durante los trailers, yo estaba hablando despreocupado, y entonces el hombre que tenía delante se giró y me mandó callar, que por mucho que estuvieran echando trailers, eso era un cine, no una cafetería, y que yo estaba hablando muy alto.
            Es la primera vez que veo que mandan callar a alguien durante los trailers. No me refiero a que sea la primera vez que me pase a mí, sino que es la primera vez en mi vida que le pasa a alguien. Y vaya si he ido veces al cine.
            Durante la película nunca hablo, porque no me gusta que me lo hagan, pero pensé que era de esos tipos a los que les gusta ver trailers. Así que me disculpé, que no me había dado cuenta de que estaba hablando muy alto. El hombre, ya sin mirarme, refunfuñó en alto “¡Que no se había dado cuenta!”.
            No le dije nada más (una disculpa es más que de sobra, otra cosa es que no la quisiera aceptar) y como estaba en medio de una conversación con mis amigos, bajé el volumen y seguí hablando. El hombre, de nuevo sin mirarme, volvió a refunfuñar en alto “¡Y sigue hablando!”. Claro que seguía hablando, él me había dicho que le molestaba lo alto que hablaba, que era lo que podía ser comprensible, no que estuviera hablando, que era incomprensible: no estábamos en una cafetería, pero tampoco en una biblioteca, sino en un cine durante los anuncios. Tenía intención de seguir charlando, pero uno de mis amigos me indicó con la mano que le contara lo que les estaba contando después de la película.
            Este altercado me dio dos pistas sobre este hombre, que era más joven que yo:

            1— Era un maleducado tan acostumbrado a cortar a la gente para conseguir lo que quería, que no sabía aceptar una disculpa. Daba igual que me hubiera disculpado que contestado de forma borde, porque la respuesta que iba a recibir yo habría sido la misma. No escuchaba y tenía el piloto automático para ser borde y conseguir su objetivo.

            2— No estaba bien y no lo iba a pasar nada bien en cuanto tuviera que negociar. No me refiero a que necesitara un bozal y una camisa de fuerza, sino a que tenía alguna frustración que le hacía comportase así. Alguien que esté bien, que se sienta a gusto con su vida, no se comporta así. Lo que estaba claro es que era nulo pidiendo las cosas y me imagino que sus dotes para negociar fueran de la misma calaña. O bien había tenido modelos tóxicos, y siempre había sido así, exigiendo las cosas a ladridos, lo cual le crearía frustración cuando las cosas no le saliesen como él quisiera, y no sabría cómo actuar cuando tuviera que negociar (que es algo fundamental en la época que nos ha tocado vivir); o bien en algunas situaciones no se atrevía a decir lo que pensaba, como en el trabajo a su jefe, por ejemplo, y para compensarlo explotaba cuando tenía a alguien delante que no tenía ningún poder sobre él. Tanto si es lo uno como lo otro, esto crea un círculo vicioso de más frustración y más agresividad.
Fotografía de Eleanor Roosevelt
Eleanor Roosevelt
     Con esta historia quiero decir que por mucho que practiques técnicas para ser asertivo, por mucho que intentes ser amable, energúmenos te los vas a seguir encontrando. En estos casos lo que hay que hacer es mantener la calma y no tomártelo de forma personal. Que una mala contestación no te afecte emocionalmente. Hay una cita de Eleanor Roosevelt que me gusta mucho:
           

“Nadie te puede hacer sentir inferior sin tu consentimiento”.

Entonces tienes que sopesar qué importancia tiene el asunto y si tu integridad física corre peligro. Esto al principio cuesta, pero con la práctica te sale solo. Si es realmente importante y estás seguro —solo te van dar malas contestaciones— perseveras hasta que logras tu objetivo o llegas a un acuerdo que os beneficia a los dos. Si tu integridad física corre peligro, no utilizas la asertividad, sino el sentido común: si alguien con ojos de loco y manos temblorosas te apunta con una pistola para que le des la cartera, no es el momento de explicarle que robar es un acto vil y que te has ganado el dinero de forma honrada y que no se la vas a dar porque eres asertivo.
Si es algo nimio que apenas te afecta y lo que ha sucedido es que has tenido la mala suerte de dar con un cenutrio, tras un primer intento de diálogo (fríamente sopesas lo que te ha dicho, que puede haber parte de verdad, pero al responder no te pones a su altura. Educación ante todo), lo dejas pasar y te olvidas del tema. Esa persona no merece ni un segundo más de tu atención.
Seguimos en el siguiente artículo.
Las fotografías son de dominio público, y no hace falta atribuirlas. La bombilla (Unsplash).

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