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sábado, 15 de abril de 2017

El exorcista [7]

Portada de El exorcista, de William Peter Blatty
NOVELA
The Exorcist
(EE.UU., 1971, 400 páginas)
William Peter Blatty 

De joven, William Peter Blatty se había labrado una sólida carrera, tanto con guiones como con novelas, como escritor de humor. Pero cuanto entró en la cuarentena, su carrera languidecía, así que decidió escribir una novela de terror, sobre una posesión demoníaca, a la que llevaba dándole vueltas veinte años. “El exorcista” vio la luz tres años después, en 1971, convirtiéndose en un fenomenal bestseller que vendió más de 17 millones de ejemplares solo en Estados Unidos. Dos años después, William Friedkin la llevó al cine en una obra maestra, y Blatty ganó el Oscar por adaptar su propia novela.
Con motivo del 40º aniversario, Blatty la reescribió, realizando unos cambios muy sutiles, sobre todo retocando el estilo. El cambio más llamativo es un nuevo personaje, el padre Lucas, en una escena de seis páginas, pero la novela es prácticamente la misma.
            Chris MacNeil, una mujer moderna que no cree en Dios, es una estrella de cine que está rodando una película en Georgetown. Con ella viven su hija de doce años, Reagan, y sus ayudantes. Un día comienzan a oírse unos misteriosos ruidos en el ático, y su hija se queja de que su cama se mueve. Gradualmente la hija cae enferma, y después de un sinfín de pruebas médicas y psicológica, la atea MacNeil llega a la conclusión de que Reagan está poseída por un demonio y que necesita un sacerdote, necesita un exorcista.
            “El exorcista” es uno de esos casos en los que la película es mejor que la novela. No es tan extraño como parece. Lo de que la película es siempre mejor es una frase hecha para no pensar. Sucede, por ejemplo, tirando de memoria, con “Tiburón”, “Psicosis”, “El padrino”, “La semilla del diablo”, “El Señor de los Anillos”, “El paciente inglés”, “El resplandor” o “Legítima defensa”. En este caso, todo lo bueno que tiene la película aparecía en la novela, lo malo se eliminó (el film es muchísimo más tenso), y Friedkin añadió detalles geniales que no aparecían el libro.
            Los principales problemas de esta novela es lo que tarda en empezar, y que a Blatty le encantaba estirar las escenas, fueran interesantes o no, y o bien tienes páginas y páginas apasionantes, o páginas y páginas que no parecen llevar a ninguna parte. Esta característica de Blatty está incluso más marcada en “Legión”, la secuela a “El exorcista” que publicó en 1983, y que él mismo adaptó y dirigió al cine en “El exorcista III” (1990) (tanto la novela como la película me parecen interesantes, pero fallidas).
“El exorcista” comienza con la presentación (un pelín confusa) del padre Merrin en Irak, donde el sacerdote, al observar la figurita sacada de una excavación del demonio Pazuzu, prevé que algo muy malo se ha liberado en el mundo. Aquí no medallón anacrónico ni reloj de pared que se detenga.
            Luego la acción salta a Estados Unidos. Blatty va dando pistas de que suceden cosas extrañas en la casa donde se aloja Chris MacNeil, y con la niña (los ruidos, los muebles cambiados de sitio, la cama que se mueve, la ouija y el capitán Howdy); es con diferencia lo más interesante, porque el resto, que es lo que más páginas ocupa, es bastante aburrido. Aquí cuenta la vida profesional de Chris, su relación con el insoportable director de cine (si alguien no le mataba, sería yo quien lo hiciera saltando a la novela), y quiénes son sus ayudantes.
Mejor es la presentación del padre Karras, sobre todo la crisis de fe que sufre y lo culpable que se siente por la muerte de su madre, aunque la relación con otros jesuitas es poco interesante.
Hay una fiesta, que muestra lo mejor y lo peor de Blatty: páginas y páginas que no sabes muy bien a dónde van, con detalles muy inquietantes; la premonición de Reagan sobre la muerte del astronauta después de orinar en la alfombra, y las conclusiones de la médium.
Al tiempo que Blatty te cuenta unas excesivamente técnicas y excesivamente largas pruebas y explicaciones médicas, Reagan van empeorando, con ataques muy impactantes (¡bien por Blatty!); una iglesia aparece profanada, y hay un asesinato.
Entonces aparece un detective cinéfilo, que es muy pesado porque solo sale hablar dando rodeos (sus conversaciones duran una barbaridad), que imagina que ambos casos están relacionados. A medida que siguen las pruebas y el deterioro de Reagan, más se convence su madre de que es una posesión y más se desespera. Esto está bien porque el personaje era ateo.
Blatty se crea una subtrama, inexistente en la película, que no funciona en absoluto, en la que el detective cinéfilo sospecha que el criado de Chris MacNeil ha asesinado al director de cine. Dura bastantes páginas, pero no funciona porque desde el principio sospechas que ha sido Reagan poseída la asesina (blanco y en botella), y cada vez que la novela regresa a esa investigación, se desploma el interés. Lo importante es saber qué va a pasar con esa niña, no quién mató al director de cine, que además no tiene ningún misterio.
La novela gana enteros cuando Blatty se centra en la posesión, que es en la segunda mitad. Chris ya ha perdido toda esperanza en la medicina, y recurre a la religión. Aunque está convencida de que su hija está poseída, el padre Karras necesita pruebas concluyentes para que la Iglesia apruebe un exorcismo. Las conversaciones entre Karras y el demonio son geniales, muy inquietantes y desconcertantes, y Karras no hace más que darle vueltas al caso, incapaz de encontrar la prueba definitiva de la posesión, aunque es obvio que la niña está poseída. Si no hacen algo pronto, morirá.
En el último tramo, que es muy bueno (menos espectacular que la película), reaparece el padre Merrin, el exorcista.
Si esta novela me ha dejado un buen sabor es porque va mejorando mucho a medida que avanza.

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