Una de las primeras cosas que hago por las mañanas, mientras preparo café, es abrir Instagram. Como la mayoría de los escritores, creo que, si pudiera freír el algoritmo, lo haría. Tristemente, debo conformarme con intentar navegarlo de la mejor manera, buscando calas seguras para capear las tormentas.
Entre los miles de perfiles dedicados a la literatura, es difícil encontrar alguno dedicado a la literatura de género o marginal que sobrepase el puñado de seguidores. La mayoría de bookstagrammers van a lo comercial, al fenómeno de turno que las editoriales quieren promocionar. El sentido de elegir un libro por cualquier motivo alejado de la ostentosidad desaparece en un océano de hashtags. Con asiduidad, encontramos la misma reseña cambiando la estructura de las palabras.
Por eso, hay que ser un loco o un estúpido para publicar una novela pulp, no digamos ya con una editorial tradicional. Y de eso he venido a hablaros.

Dispararse en el pie con una pistola láser
En 2023, mientras escribía la novela Mo-Ho (Apache Libros, 2024), disponía de cierto tiempo libre. En lugar de aprovecharlo para algo productivo, como hacer deporte, busqué convocatorias literarias y di con una que me permitía presentar una novelita corta. ¿Por qué no? Tenía un plazo de unos tres o cuatro meses, si mal no recuerdo. Lo malo es que ojeé el listado de ganadores de las anteriores ediciones y mi propuesta estaba en las Antípodas: prevalecían las apuestas intimistas, los libros de prosa cuidada que, en ocasiones, sacrifican la trama a favor de una compleja exposición del no sé qué individual que, con frecuencia, es una manifestación surrealista de los traumas del autor. Mucha gente lee esos libros (yo mismo en algunos clubs de lectura), pero por lo general tiendo a alejarme de ellos. Amo el cine, los videojuegos, las historias escapistas que transmiten, mediante la fábula, lo que de verdad importa.
Con esa premisa y con el hastío de las escenas lentas de Mo-Ho (la segunda de las tres partes de la novela es lenta, ya que conecta el inicio frenético con el terrorífico desenlace, y son muchas piezas las que se posicionan), dediqué un par de horas a realizar la escaleta de una novela de aventuras espaciales. Quince capítulos, que se dice pronto. No quería proponer un gran conflicto filosófico ni constituir un complejo sistema de gobierno interplanetario. Mi objetivo era subirme a ese cohete, como los Pignoise, y pegarme de tiros en un planeta exótico, habitado por criaturas de colorines cargadas de intenciones dudosas. Y eso hice.
Es habitual que una space opera (el nombre que reciben este tipo de obras, como Star Wars o Dune) presente una creación de mundos parecida a la que encontramos en la fantasía épica. En él, la trama nos conducirá por un gran conflicto. Remitiéndome a los ejemplos anteriores, en Star Wars debemos librar a la galaxia del temible Imperio, que erradica a la resistencia con destructores planetarios conocidos como Estrellas de la Muerte. En Dune, Paul es el elegido que liderará la yihad de nuevo contra el Emperador, y cambiará la estructura social del universo. En realidad, el asunto es algo más complejo, no importa. Este tipo de historias funcionan muy bien. Son emocionantes, permiten reflexiones interesantes sobre temas contemporáneos y, si están bien construidas, puedes profundizar en el lore lo que te apetezca. Yo ni quería ni podía permitírmelo.
En primer lugar, tenía un marcador tanto temporal como de extensión. Los cimientos de esas historias requieren muchas escenas explicativas en las que el autor, introduciendo tensión, va dando perlas sobre los sistemas sociopolíticos que impactarán directamente en la novela, dejando cabos sueltos para futuras entregas (intencional, si están planificadas; subrepticio si no). Yo tenía que ir a cañón. Limité el punto de vista a uno, lo cual reduce significativamente la riqueza de la historia, e hice que esta sirviera al propósito aventurero y de entretenimiento de la novela. Así nació Kip Blackhat, el pirata espacial, y de su mano el título original: Diario de un pirata espacial.
Este tipo de historias de aventuras en las que la acción solo se proyecta hacia delante con frecuencia pertenecen al pulp. Tiempo atrás eran bastante populares. Las novelitas de Bruguera, un centenar de páginas de aventuras espaciales, son un buen ejemplo. Entonces la gente gastaba cuatro perras en un bolsilibro y lo intercambiaba por otro. Vaqueros, agentes secretos, corsarios, amores de telenovela y horizontes de ciencia ficción florecieron durante este periodo. Como todo lo bueno tiene un límite, el auge de las series desplazó el consumo de este tipo de obras. En vez de leer una novelita, ves un anime o la última temporada de Élite. Como consecuencia, la literatura pulp retrocedió hasta los márgenes desde los que se había popularizado. Algunas propuestas abandonaron este halo para cubrirse las rodillas con una faldita pop, con la esperanza de atravesar la frontera subcutánea de la cultura popular. En YouTube y en Filmin tenéis decenas de «bizarradas» de cine B.
Al escribir Diario de un pirata espacial debía tenerlo en consideración. Los lectores buscan emoción, pero también la presencia de unos tropos que, en lo personal, me gustan. Soy un escritor que tiene un pie en Hollywood y el otro aún no sé dónde. Romances odiosos que terminan comiendo perdices, tipos duros que mastican balas, compañeros graciosos a los que te apetece estrangular… Ese tipo de cosas. Ya tenía decidido que la aventura de mi pirata iba a ocurrir en un planeta aislado (poca información del organigrama estelar imperante), que la tecnología se limitaría al uso y disfrute de los urbanitas (ergo menos explicaciones, ya que la mayor parte de la novela sucedería fuera de la zona de confort de los personajes), y que el sistema de gobierno tendría semejanza con el medieval. Quería mantenerlo en la mayor sencillez posible, suficiente para que el lector tuviera presente que al abrir el libro ya no se encontraba en la Tierra. El foco, vuelvo a repetir, debía ser la aventura.

Buscando una tripulación
Kip no podía recorrer un planeta en silencio. El Diario no era Soy leyenda. Necesitaba acompañantes. Le di un par de vueltas y recordé una criatura con la que había soñado en Dublín: un gato blanco con el lomo de erizo azul, a lo Sonic. La bauticé como gatoerizo (sí, los escritores aprovechamos cada oportunidad que se presenta para alardear de originalidad, gracias) y se convirtió en parte de la mitología de mi vida. Recuperarlo para una novela era sencillamente fantástico. Algunas culturas, como la egipcia, profesaba adoración por los gatos. ¿Y si de repente toda la galaxia lo hiciera? ¿Y si este pirata felino fuese un exiliado de una raza sagrada que habitaba en una luna remota? Sonaba genial. Además, le daba una personalidad única abierta a hipotéticas secuelas. Minhuí se unió a la tripulación: lascivo, traicionero, con un ego capaz de desplazar montañas y un apetito insaciable cuando de plátanos se trataba. Ya tenía al fiel compañero, el de la lengua mordaz.
Como he dicho, establecí que el sistema de gobierno sería medieval, aunque debieran de reportar a una institución superior (en el borrador original se explicaba mejor, pero como no aportaba nada a la historia, lo reescribí, conciso). Quería que fuese el catalizador de la historia. Además, siempre he sentido una extraña curiosidad por los siameses. Diario de un pirata espacial era una válvula de escape del soporífero realismo de Mo-Ho, utilizado para indagar en los terrores del alma humana. Imaginé a las Reinas Siamesas, dos criaturas vagamente humanas mutadas al extremo, una especie de Austrias espaciales. Una sería un ogro fuerte, la cara pública, mientras que la otra ostentaría el poder en las sombras y dominaría los poderes psíquicos (la magia de la ciencia ficción). El escenario quedó de la siguiente manera: las Reinas tenían algo que Kip necesitaba para huir del planeta (Auriga) y, a cambio, él debía recuperar un artefacto para ellas: la Esquirla del Vacío, que en una de las últimas decisiones previa a la publicación sirvió como subtítulo de la novela.
La historia pedía a gritos dos cosas: un interés romántico y una princesa bastarda. Para cruzarse en el camino de Kip exigía tener conocimientos en física, ya fuera cuántica, astrofísica… Daba un poco igual. ¡Nadie conoce las titulaciones del futuro! Creé el personaje de Droudi, una mujer cerebral y pragmática, y la lancé a la aventura con un contingente que aunaba mercenarios y soldados leales a la corona. Si todo giraba en torno al artefacto (como el Arca de la Alianza de Indiana Jones), utilizarlo sin control debía conducir a un resultado catastrófico. Auriga debía tener una herida de un pasado en el que algo falló. Una delimitación radioactiva que condicionase la vida planetaria: el comercio, la tradición, el contrabando… El resto del proceso de creación consistió en tirar del hilo. Con frecuencia, cada puerta que abrimos a la imaginación conduce a un entramado de ramales. Mi máxima era ser creativo. No quería limitarme por un worldbuilding. La vida piratesca es caótica. Y, ya lo he dicho: quería pegar tiros.

La paradoja del lector
Por supuesto, el primer borrador estaba listo a los tres meses. Lo envié al certamen y no ganó, así que se quedó un año en un cajón. El verano de 2024, después de posponer el proyecto que pensaba publicar este año porque exigía demasiadas modificaciones y no creí estimado hacerlas en ese momento, lo recuperé junto al de una novela aún más corta de horror corporal. Le di un lavado de cara, pulí el estilo y añadí un glosario a cambio de suprimir explicaciones para ganar en ritmo. Estuve trabajando en una novela detectivesca de carácter comercial, y quería moverla por ciertos círculos antes de comprometer sus derechos, así que le ofrecí el pirata espacial a mi editor habitual y firmamos el contrato. En su momento, me advirtió de dos cosas:
- Mi marca es de autor de terror.
- La ciencia ficción se vende regular y, la que yo proponía, fatal.
No me descubrió las Sagradas Escrituras, pero como autor ávido de darle algo nuevo a mis lectores, hice oídos sordos. A posteriori, con el libro en mano, me enfrenté a la amarga realidad: la gente que confiaba en mí por mis novelas anteriores miraba con recelo al pirata espacial. La mayoría prefería esperar hasta 2026 a que la «nueva gran novela de Héctor Peña Manterola viese la luz». Y no los culpo. Mi apuesta pintaba poco, y se acercaba, en exceso, a lo juvenil (como atestigua el marketing de la contracubierta). Significaba que debía de abrirme camino desde cero en un público nuevo, con una novela poco comercial. Madre mía.
Por suerte, los betas me ayudaron a mejorar la introducción de la novela. El prólogo fue un añadido «de última hora», cuyo objetivo es dejarte con la boca abierta, y el informe planetario y el cartel de «Wanted» quedan muy bien.
Ahora mismo esta es la etapa en la que me encuentro. El lector objetivo de ciencia ficción espera, con frecuencia, historias más elaboradas, mientras que el tipo de lector que disfruta de novelitas sencillas no suele subirse a una nave espacial. Con lo ligero que es para llevárselo a la playa.
Quién sabe. Quizá, en el futuro, Kip regrese para otra aventura. Mi pipeline maneja proyectos para los próximos 5 o 6 años, algunos que abordaré con certeza y otros hipotéticos, y es imposible predecir si la situación de Exceso de tiempo libre + Necesidad de escapismo, se repetirá. Si lo hace (y si los lectores le dan una oportunidad al Diario de un pirata espacial en el proceso), creo que le veremos enfrentándose a su archienemiga en un planeta dominado por un dios dormido.

Héctor Peña Manterola es escritor. Síguelo en Instagram, y visita su página web: https://www.hectorpenamanterola.com/