¿No hay jugadores en el fútbol profesional masculino que no sean heterosexuales? Esa fue la chispa a partir de la que surgió mi segunda novela, Cuando me miras así (Harlequin Ibérica, 2025). Partí de ese hecho que me llamaba la atención desde hacía años y lo llevé a mi terreno: un pueblo de Cantabria, un equipo amateur, un romance.
Empecé a escribirla en 2023, como ejercicio del curso de novela de Carlos del Río, sin tener mucha idea de fútbol o de que la historia en sí fuese a interesarle a alguien. Pero quería contarla. Quería hablar de homofobia en el deporte que más seguidores tiene, fuertemente machista y homófobo, desde la perspectiva de dos chavales que, sin ser profesionales ni tener que enfrentarse a millones de seguidores, se chocan de lleno con una intolerencia que conocen desde pequeños: si te mueves en ese mundo deportivo, sabes lo que hay.
Y, aun queriendo hablar de homofobia y miedos y crueldad y lo mal que está el mundo incluso en 2026, no quería un libro triste o desesperanzador. El objetivo no era ofrecer una radiografía de la situación y dejarla ahí, sino mostrar que las cosas, con todo, pueden ser diferentes. Cambiar. Mejorar.
Quería escribir una historia positiva de amor.
Proceso vivo
Como hice mientras desarrollaba mi primera novela (Si fuese más valiente, Harlequin Ibérica, 2023), durante el transcurso de esta segunda escribí una especie de diario donde dejaba constancia de cómo estaba siendo el proceso. El 24 de abril de 2023 lo inauguré: «Me cuesta empezar algo de la nada, y más cuando apenas tengo organizada la historia, pocas cosas atadas, sin control». Me aferré a un consejo de Carlos para no agobiarme con la organización de la trama: pensar las escenas de cinco en cinco. Es decir, pienso las cinco primeras, las escribo; pienso las cinco siguientes, las escribo; y, así, avanzo poco a poco. «A ver qué sale. Estoy emocionada y a la vez asustada» fue lo último que escribí ese primer día. Aquellas 2250 palabras iniciales que entregué como ejercicio gustaron a mis compañeros, lo que me animó a seguir escribiendo sobre estos dos chavales de un equipo de fútbol cántabro que iban a enamorarse sin remedio.
Cada mes, teníamos que mandar a Carlos una nueva entrega, lo que me obligaba y ayudaba a continuar escribiendo. En esta primera fase, en la que aún no tenía claras muchas cosas, seguía anotando datos en mi cuaderno: ambientación, nombres, fichas de personajes, información aleatoria que quería que apareciese, etc. Fueron acciones paralelas: incorporaba datos en el cuaderno a la vez que, muy poquito a poco, desarrollaba la historia. Escribir una novela no es como tallar en piedra, que una vez lo tienes es casi imposible cambiar nada; es un proceso vivo, que puedes (¡por suerte!) modificar en cualquier momento. Esa primera parte de Cuando me miras así que entregué tiene muy poco que ver, en cuanto a trama y personajes, con la versión final. Pero me sirvió para arrancar, conocer la historia y a los personajes y, sobre todo, quitarle el miedo a la dichosa página en blanco, que, en mi caso, es un miedo de lo más real.

El verdadero desafío llegó cuando el curso con Carlos terminó, cuando la «obligación» de entregar mes a mes una nueva parte de la novela desapareció. El verano, o más bien esa falta de obligación, me arrolló y pasaron casi cinco meses en los que no escribí ni una sola palabra, hasta que volví a apuntarme a su curso. Y, así, fui recuperando el ritmo. Por aquella época anoté en mi diario: «Lo importante es escribir y seguir y estar contenta y orgullosa de lo que hago. Ya con haberla retomado, con todo lo que me está costando, estoy feliz». Y también: «¡La cosa avanza! ¡Voy sumando palabras! ¡Qué ilusión!».
Reconozco que escribía muy «al límite», es decir, pocos días antes de tener que mandar una nueva entrega para el curso, me sentaba y sacaba esas 2500 palabras. Para mí, el mayor triunfo fue establecer una rutina para escribir, al menos un poquito, todos los días, independientemente de lo que tuviese que enviar a Carlos. Diez minutos, quince, media hora (que después se me hacía corta), lo que fuese.
Por aquel entonces, en esa primera fase de la novela, otro gran desafío fue encontrar la voz de los personajes, «encontrarlos» a ellos. La historia está contada en primera persona desde el punto de vista de Manu y de Óliver, y me costó pillarles la personalidad para que se transmitiera en su forma de narrar y que fueran reconocibles. Era muy importante que no sonasen igual. Como con casi cualquier aspecto de una novela, el mejor consejo es escribir, escribir y escribir, ir conociendo la historia y los personajes, y, después, reescribir. «Todo se puede arreglar», me recordé en el diario de febrero de 2024.
Ahora que estoy sufriendo un bloqueo tremendo y hace meses que no escribo nada, es muy satisfactorio y motivador leer ese diario de todo el proceso (¡os recomiendo mucho llevar uno por novela!), donde cada día apuntaba cuántas palabras había logrado escribir y mis impresiones sobre la sesión en sí o la novela en general. Leer «¡Hoy he escrito un montón!» o «Estoy contentísima de cómo está saliendo» o incluso mensajes menos alegres como «Ayer entré en pánico con la organización de las escenas, estoy un poco desanimada» me emociona bastante, la verdad, sobre todo con la perspectiva que da el tiempo y saber que terminé la historia. Para mí, una de las cosas más difíciles a la hora de escribir una novela es a lo que me tengo que enfrentar a nivel mental conmigo misma: ese miedo a que no salga como yo quiero, a que no guste, a no terminar.
Cuando llegó junio y finalizó el curso, a diferencia del año anterior, seguí escribiendo. Tenía la novela ya bien encaminada y, además, organicé con algunos compañeros una quedada mensual para seguir compartiendo lo que escribíamos. Fue una buenísima manera de que todos continuásemos las novelas que habíamos empezado con Carlos, de ayudarnos, de aconsejarnos. (Todavía hoy nos reunimos y compartimos lo que escribimos; un club de escritura muy muy guay).
Y así, el 7 de diciembre de 2024, año y medio después, terminé el borrador: 120 031 palabras. Empezó entonces la fase para mí más importante: la reescritura. Con una base sobre la que trabajar, tocaba arreglar, mejorar, pulir (e incluso escribir por primera vez un par de pequeñas escenas que había dejado para «la Cintia del futuro»). En esta parte del proceso ya no actualizaba el diario, así que no recuerdo bien cómo fueron esos meses. Lo que sí tengo anotado es que de enero a abril de 2025 me dediqué a reescribir y, en abril (dos años después de comenzar la novela), la imprimí para releerla en papel, le puse título y la terminé. Definitivamente.
El consejo que me guía
Tras publicar mi primera novela con Harlequin Ibérica, el proceso de decidir a quién le enviaba Cuando me miras así y su publicación fue fácil: el contrato de Si fuese más valiente estipulaba que la editorial tenía preferencia a la hora de leer mi siguiente novela, así que en mayo se la envié a mi editora.
Un mes después, me dijo que estaban interesados en publicarla: saldría el 15 de diciembre de 2025 en digital y, en papel (bajo demanda en Amazon), el 15 de enero de 2026. Desde el visto bueno de la editorial hasta su publicación, firmé el contrato, hice los últimos cambios al manuscrito, esperé a la corrección de la editorial, la revisé, encontramos una cubierta que nos gustó a ambas partes, repasé la maqueta… Y, así, por fin, Cuando me miras así estuvo lista para los lectores.
A fecha 11 de febrero, cuando escribo este artículo, la novelita lleva casi dos meses publicada y la recepción ha sido buena. Estoy muy muy contenta con la acogida de la gente, con las reseñas tan bonitas que escriben, con el amor que les están dando a Manu y a Óliver. Y, aun estando agradecidísima a todas aquellas personas que están leyéndola, mi mayor satisfacción es haber escrito una historia que a mí me gustaría leer. Es el mejor consejo que he recibido y el que intento que me guíe.

Cintia Fernández es correctora, escritora y periodista.
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