Ella [6]

Portada británica de Ella, de H. Rider HaggardNOVELA
She
(Reino Unido, 1886-1887, 317 páginas)
H. Rider Haggard

H. Rider Haggard fue un
escritor inmensamente popular durante las últimas décadas del XIX y primeras
del XX. Está considerado el padre (o el que consolidó) del subgénero del mundo
perdido, aquel en el que unos aventureros descubren una civilización perdida
llena de maravillas. En vida, su novela más famosa fue “Ella”, que Rider
Haggard publicó por primera vez entre 1886 y 1887 por entregas en la revista
“The Graphic”, y en 1887 en forma de libro. Según un artículo de “Time” de 1965, por aquel entonces ya llevaba vendidos 83 millones de ejemplares.
“Ella” sigue editándose regularmente, por lo que supongo que haya vendido algo
más, lo que la convierte en unas de las novelas más vendidas de la historia.
Sin embargo, la novela que mejor ha
soportado el paso del tiempo, aquella por la que recordamos a Rider Haggard
(incluso si el autor no te dice nada, esta novela la conoces) es “Las minas del
rey Salomón” (1885), con Allan Quatermain de protagonista. A lo largo de su
carrera, Haggard continuó con las series de Quatermain y Ella, y precisamente
en su última novela se encontraban: “Ella y Allan” (1921). H. Rider Haggard
influyó mucho en Edgar Rice Burroughs, Rudyard Kipling o Robert E. Howard. Y se podría decir que es el abuelo de Indiana
Jones.
“Ella” es una historia dentro de otra
historia. El autor ha recibido unos escritos de un profesor de Cambridge,
Horace Holly, que junto con su hijo adoptivo, Leo Vincey ha corrido unas
aventuras extraordinarias en África, pidiéndole que si los considera de valor,
los publique con la única condición de cambiar sus nombres reales. Se los ha
mandado a él porque en el pasado escribió un libro sobre aventuras africanas (no
se nombra, pero lógicamente se refiere a “Las minas del rey Salomón”). En los
escritos, Holly narra como el padre de Vincey, antes de morir, le dejó un baúl
que sólo podría abrir 20 años después, cuando su hijo tuviera 25. Llega ese día
y al abrir el baúl, descubren la historia familiar de Vincey, remontándose
2.000 años en el tiempo. Según los documentos, en las misteriosas montañas de
Kôr habita una diosa, Ella, La que debe ser obedecida, donde reina desde hace
veinte siglos. Sabiendo que allí está el origen de su familia, Leo Vincey
convence a Holly y a su cuidador Job para viajar a esas misteriosas tierras
africanas.
“Ella” ha envejecido muchísimo, y sólo es
recomendable para muy curiosos. Tiene elementos geniales, sobre todo porque ves
cómo se han repetido posteriormente hasta la saciedad, pero que nadie se espere
el equivalente literario de una película de Steven Spielberg, que se va a
llevar una gran decepción. Muy resumidamente, se podría decir que la mitad de
“Ella” sigue siendo fascinante (y hace 125 años dejaría a los lectores con la
boca abierta), y la otra mitad, entrelazada con la anterior, es terriblemente
aburrida.
Hasta que los protagonistas no llegan al
poblado de los amahagger, en el capítulo VI, la novela es insufrible. Haggard
prepara mucho los momentos, pero la preparación se le va de las manos. El
primer capítulo sirve para picar la curiosidad del lector, sobre esos
misteriosos escritos, aunque tiene parrafadas soporíferas; el segundo capítulo
es la historia de Holly y Leo de niño, y por lo tanto la trama no avanza nada;
y el tercer capítulo es una prueba de resistencia: está muy bien estirado lo de
abrir el baúl y ver que hay más cajas dentro, pero la trascripción y traducción de los textos
es una tortura. Si decides leerla, después de este punto, el capítulo VI, la
novela mejora mucho (lo más emocionantes hasta entonces es una pelea entre un
león y un cocodrilo que hoy en día no resulta muy apasionante).
Haggard prepara muchísimo la presentación de
Ella, y cuando aparece por primera vez, casi a mitad de la novela, no defrauda.
Ella es muy misteriosa y siempre transmite una sensación de peligro. Y Haggard
juega constantemente con que si Ella es inmortal o realmente son varias mujeres
que se han ido pasando el mando de generación en generación. Pero eso sí,
cuando se pone a filosofar, a lo que es muy dada, sus parrafadas son
insoportables. Holly, de vez en cuando, también se lanza a digresiones sobre la
inmortalidad, que son durísimas de leer.
Además, supongo que se debe a que los
lectores de entonces no eran tan sofisticados como los actuales, Haggard repite
varias veces una misma información (los antepasados de Vincey te los acabas
sabiendo de memoria), y cuando el lector ya ha llegado a la conclusión de que
Vincey es la reencarnación de Kallikatres, y de que su romance con Unstane no
le va a hacer mucha gracia a Ella, Haggard lo explica todo.
El romance con Unstane está muy forzado; el
pasadizo secreto que encuentra por casualidad Holly en la habitación de Vincey
y que lo conduce a una cámara secreta está muy trillado (tal vez en lo época
fuera una novedad); y al ser una historia dentro de una historia, Haggard
pierde posibilidades de crear suspense: desde un principio se sabe que Holly
(está narrada en primera persona, desde su punto de vista), y Vincey regresaron
a Inglaterra, y eso que en varias ocasiones Vincey está a punto de morir.
Por el contrario, Haggard destaca por el
sentido de lo maravilloso. El poblado de los amahagger es interesantísimo, y a
lo largo de muchas páginas lees apasionado para saber más sobre ese pueblo.
Haggard va dando la información muy poco a poco, y lo que desvela cada vez es más
interesante. Aquí también prepara muy bien los momentos, y los remata muy bien: la
ceremonia de la maceta caliente, los encuentros con Ella, el encuentro entre
Vincey y Kallikatres, la danza nocturna. La parte en las ruinas de la antigua
capital de Kôr es muy misteriosa, y los capítulos en los que buscan el fuego de
la vida son muy buenos (sobre todo cuando Ella está callada).

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