VIDA DE ESCRITOR: CINEFILIA

En cierto modo, mi carrera de escritor realmente empezó con las críticas de cine de mi rincón, pero nunca he contado cuándo comencé a escribirlas. Para ello me tengo que remontar a mi infancia, porque primero fue la cinefilia y después la escritura de críticas.

   De niño crecí viendo mucho cine, porque mi padre era muy cinéfilo, y siempre me gustó. Mis primeros recuerdos de salir del cine emocionado son “Peter Pan” y “Mary Poppins”; no sé cuál vi primero, pero la emoción sí la recuerdo.
   Sin embargo, cuando realmente me enamoré del cine fue con 13 años, cuando mis padres me regalaron “Cine de terror”, una colección de 40 fascículos que recorría la historia del género a través de personajes emblemáticos (Drácula, Frankenstein, la momia, el hombre lobo…) y temas (casas encantadas, fantasmas, estranguladores…). No sé por qué, pero el terror siempre me ha atraído mucho. Recuerdo que de niño, cuando estaba con mi prima Ángela, que era mi mejor amiga (éramos lo más parecido a Tom Sawyer y Huckleberry Finn), solíamos hojear fascinados un libro de mi padre: “El vampiro en el cine”, de David Pirie. ¡Qué canguelo, qué escalofríos, qué divertido!
Cine de terror, de José Luis Guarner
El origen de mi cinefilia

La colección “Cine de terror” estaba supervisada por el crítico José Luis Guarner, y la vendían en los kioskos cada dos semanas; con cada fascículo, además, venía un VHS de alguna película de terror. La calidad de las películas era muy irregular, porque lo mismo te daban “El exorcista” o “Alien” que “Tiburón 2” o “La fosa común”. Los vídeos hace tiempo que pasaron a mejor vida, pero los dos libros aún los conservo.

   Ver las películas en casa estaba bien, pero lo que realmente me gustaba eran los fascículos y los folletos que venían en cada vídeo, contándote anécdotas y dándote información del film. Los folletos me los leía todos, y casi me los aprendía de memoria. Los fascículos los hojeaba por encima y leía algunas partes, ¡pero qué fotos! Me entraron unas ganas enormes de ver más y más cine, sobre todo las películas que decían que eran buenas.
   Lo que siempre me leía, porque me atraían mucho, eran las biografías de actores, escritores, creadores de efectos especiales y directores. Ya sabía que el cine no se hacía solo, pero creo que por primera vez fui consciente de que era una construcción, y que el mayor responsable era el director. En “Cine de terror” no aparecían directores cualquiera, no, aparecían DIRECTORAZOS: Browning, Whale, y Tourneur; Carpenter, Argento y Romero; Cronenberg, Hooper y De Palma.
   Al año siguiente vi el “Drácula” de Coppola, y fue una epifanía: es la vez que más cerca he estado de salir del cine levitando. En ese momento decidí que sería director de cine. En vez de ponerme a hacer cortos como un loco, que es la mejor manera de aprender, me puse a acumular conocimientos teóricos a través de libros y revistas. Claro que para dirigir tienes que tener algo de seguridad en ti mismo, y yo no tenía ninguna. No hice más que retrasar el momento de lanzarme a la piscina: primero vería muchas películas, a ser posible en pantalla grande, y leería mucho sobre cine, y haría una carrera y después iría a una escuela de cine.
   Bueno, el tiempo pasó, todo lo de arriba se cumplió porque me lo tomé muy en serio, pero veinte años después sigo sin haber dirigido nada. Ahora sé que no quiero ser director de cine, pero esto demuestra que si tú no haces nada por cumplir tus sueños, si no pasas a la acción, éstos no se cumplen. 
MIS PRIMERAS CRÍTICAS
Poster original de La edad de la inocencia
“La edad de la inocencia”
Aparte de provocarme ansias de ver más y más películas,
con “Cine de terror” me entraron unas ganas tremendas de escribir
sobre cine. Lo primero que hice, con mi máquina de escribir, fueron fichas de
las películas que venían con la colección. No recuerdo qué datos contenían,
pero ahí ya estaba mi afán por comprender mejor el cine.
   Más tarde,
con 14 años, cuando ya había tomado la determinación de ir al cine todo lo que
pudiera, escribí mi primera crítica. Era de “La edad de la
inocencia”, de Martin Scorsese. En los Oscars de 1994 fue una sorpresa que
no estuviera nominada a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actriz para
Michelle Pfeiffer, que se daban por sentados, así que basé mi reseña en cómo la
película había sido ninguneada por la Academia.
   Escribí
muy pocas críticas, porque me costaba mucho y no sabía muy bien qué hacer con
ellas. Nunca le dije a nadie que las escribía. Todavía no sabía que a veces en la vida haces cosas simplemente porque
te llenan. Lo que sí hice durante los siguientes años fue apuntar en mi agenda
las películas que veía en el cine, y ahí escribía si me habían gustado o no.
   Lo más
parecido a escribir críticas durante mi adolescencia fueron los trabajos para
la clase de Ética de 3º de B.U.P. (16-17 años). El profesor estaba de vuelta de
todo y simplemente nos ponía películas, y luego había debate… vamos, que se
ganaba el sueldo viendo cine (también daba Filosofía, pero no sé cómo
la daba). Los chavales le odiaban, pero a mi me encantan sus
“clases”. El trabajo final consistía en analizar alguna película de
nuestra elección, y a mí en esa época me habían encantado “El ángel
azul”, de Josef von Sternberg, que había visto en vídeo, y “Casino”,
de Scorsese (de ésta también casi salí levitando del cine), así que las comparé
utilizando de lazo de unión los personajes de Marlene Dietrich y Sharon Stone.
El profesor puso un notable automático a todo el mundo… y a mí un
sobresaliente.
   Y después
de eso, cuando estudiaba Periodismo escribí alguna crítica cuando me la
pedían como deberes para clase. Pero por ganas que tuviera de escribir críticas,
nunca me ponía a ello por mi cuenta.
LOS ORÍGENES DE MI RINCÓN
Cuando viví en Londres, de 2005 a 2007, solía
escribirles a mis amigos españoles unos e-mails larguísimos contándoles mis
aventuras y lo que me habían parecido las películas que veía en el cine. En
otoño de 2006, Álvaro de la Hoz, el director de “Hazlo por mí”, me
escribió diciendo que habían pensado que estaría bien que hiciera críticas para
la página web de Burbuja Films. Así nació una sección llamada “El rincón
de Carlos”, y estuvo activa durante tres años. A finales de 2009 cogí las
100 críticas que había escrito en ese tiempo, y creé este blog.
   Un poco
antes del e-mail de Álvaro, en verano de 2006, un compañero del teatro donde
trabajaba me animó a escribir una crítica para un concurso de
“Empire”, que es algo así como la “Fotogramas” británica. Pedían
una crítica de la mejor película de 1999, y yo hice una de “El
dilema”, de Michael Mann. Me rechazaron a las primeras de cambio, pero
escribirla me ayudó a mejorar un poco mi autoestima, que andaba bajo mínimos. A
las pocas semanas, Álvaro me ofreció la oportunidad de escribir críticas, lo
que confirma mi teoría de que en esta vida cuando una puerta se cierra, otra se abre donde menos te lo esperas.
   Esos tres
años de “El rincón de Carlos” me ayudaron a ganar mucha confianza en
mi escritura. No tenía ni idea de cuánta gente me leía, y ni me atrevía a preguntar
el dato, pero sin darme cuenta logré una rutina y ser constante. Y aunque a
veces me planteé dejarlo, porque estaba estresado con el trabajo de montador en
la productora y parecía que eso de escribir no llevaba a ninguna parte, algo
me decía que tenía que seguir escribiendo las críticas. Por eso
digo que es importante reconocer lo que te dicen tus sentimientos y actuar en
consecuencia. Mucha gente no es consciente, pero todos tenemos un GPS en
nuestro interior.
   Lo más
irónico del caso es que cuando comencé a escribir críticas para “El rincón de Carlos”, había visto más
cine que Garci, tenía una licenciatura en Periodismo (cuatro años), una
diplomatura en Montaje Cinematográfico (tres años), y había montado un puñado
de cortos. Y aún así, no me sentía seguro. Si no llega a ser por Álvaro de la
Hoz, por muchas ganas que tuviera de escribir críticas, nunca lo hubiera hecho
por mí mismo.
   Por aquel entonces,
debido a una educación y a un entorno que solo me cortó las alas cuando crecía, todavía
pensaba que yo no podía tomar la iniciativa y que tenía que esperar a que alguien
me diera permiso. Era un perfeccionista obsesivo, me aterrorizaba el éxito, por
lo de llamar mucho la atención, y el fracaso, y siempre tenía que esta demostrando
mi valía. Ahora ya no tengo que demostrar nada a nadie.
   Así que ya
sabéis, si os gustan mis críticas, se lo tenéis que agradecer a Álvaro de la
Hoz. Y a José Luis Guarner.

 

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