El pequeño vampiro [7]

Portada alemana de El pequeño vampiro, de Angela Sommer-BodenburgNOVELA
Der kleine Vampir

(Alemania, 1979, 194 páginas)
Angela Sommer-Bodenburg
con ilustraciones de Amelie Glienke

El otro día me puse a pensar qué libros me gustaban
de niño y recordé que me encantaban las novelas de “El pequeño vampiro”. Si mi
memoria no me falla, creo que nunca tuve ninguna y que todas las que me leí las
sacaba de la biblioteca del colegio. Supongo que cada vez que alguien me regaba
un libro en endilgaba un rollazo de “El barco de vapor”. He llegado a la
conclusión de que la colección de “El barco de vapor” (todavía existe, y siguen
vendiendo best-sellers de mi infancia: “El pirata Garrapata” o “Fray Perico y
su borrico”) estaba diseñada para gustar a los adultos, que eran los que
compraban los libros. Pensarían que con esas novelas menos fantasiosas los
niños además de divertirse, horror, se educaban y maduraban. Yo sólo me
aburría.
   Me puse a
investigar en internet y me hizo una ilusión tremenda ver que en España se
siguen editando las novelas de “El pequeño vampiro”. Angela Sommer-Bodenburg ha
publicado hasta la fecha 20 libros de la serie (en España hay 19 traducidos, y el
primero va por la 52ª edición), y según su página oficial se han editado en 35
países y han sido adaptados a cine, televisión, radio y teatro.
Parece que no sólo a mí me encantaban estas novelas.
   La serie
comenzó en 1979, y la primera entrega cuanta cómo Anton, un niño de nueve años
al que le encantan las historias de vampiros, una noche que se queda solo
porque sus padres se han ido al cine, descubre que se le ha colado por la
ventana un visitante peculiar: Rüdiger, un niño vampiro del que se hace amigo y
con el que correrá una serie de aventuras que pensaba que no eran posibles en
la vida real.
   Leyendo
“El pequeño vampiro” de adulto puedo asegurar que Angela Sommer-Bodenburg
estilísticamente no es el mejor autor del mundo. La novela está llena de adverbios
y a Sommer-Bodenburg le encanta resaltar las sorpresas o subir la tensión con
admiraciones, de las cuales hay tantas que pierden su efectividad.
   Sommer-Bodenburg
tampoco destaca por escribir diálogos. Pone demasiadas atribuciones (dijo
Anton, replicó Anna, contestó Rüdiger
), cuando muchas veces se sabe quién
está hablando, lo que le resta ritmo a los diálogos; y en demasiadas ocasiones explica
cómo se dicen esos diálogos (dijo sorprendido, replicó irónico, gritó
asustado
), cuando también se sabe por las palabras y las situaciones cómo se
dicen esos diálogos.
   Otro
problema, pero éste tal vez tenga más que ver con la traducción que con la
autora, es que muchos diálogos no increíbles. Nadie habla así, y mucho menos un
niño.
   Rüdiger
hablando con Anton:
   -Esto sólo
puede pasarme a mí –sollozó-. Mamá me lo había advertido categóricamente.
Al
preguntarle Anton a sus padres si creen en vampiros, y éstos decir que no:
   -Ah –dijo
Anton-. Antiguamente hubo, sin embargo, algunos.
La madre
tras herirse el pie:
   -¡Qué mala
pata –dijo ella-, ahora se va a poner completamente hinchado.
Tampoco
entiendo por qué no acentúan las mayúsculas, y por qué al poner puntos
suspensivos, para crear un silencio o un poco de incertidumbre, y luego
continuar la frase, ponen una coma, si en castellano esa coma sobra:
   -Le dan…,
clases…, particulares –murmuró Antón.
Pero
Sommer-Bodenburg es muy imaginativa y sí le saca mucho partido a las
situaciones que crea. Todas las escenas con Rüdiger, que es bastante asocial, y
su familia son muy divertidas y están llenas de detalles muy simpáticos: los
viajes a la cripta; Rüdiger relamiéndose un día al saber que la madre de Anton
está en casa; la historia de la familia de Rüdiger y el apodo que tiene cada
miembro; la capa con la que Anton puede volar; la obsesión de Anna la
Desdentada (es la hermana pequeña de Rüdiger. Cuando se convirtió en vampiro
aún no tenía dientes, así que se alimenta de leche) por las historias de
vampiros –su versión de “La Bella Durmiente” es divertidísima- y por Anton, y
su apestoso perfume “Muftí elegante”; los cambios de humor de Lumpi, el hermano
mayor de Rüdiger que murió estando en plena pubertad y al que se salen gallos
al hablar; o la Tía Dorothee, una sanguinaria vampiro… que lleva dentadura
postiza. El encuentro de Rüdiger y Anna con los padres de Anton, que es sobre
lo que está montada esta novela, es hilarante.
   En cuanto
al mundo “real”, tiene mucha gracia toda la parte de Udo, el matón
del colegio, que aparte de un zoquete es un gorrón. Y me encantan los
malentendidos que hay entre Anton y sus padres, los cuales, sin dejar
explicarse a su hijo, niegan categóricamente la existencia de vampiros… aunque
los tengan delante de sus narices.
   Hay
detalles que de niño seguro que no pillé, pero que ahora me parece geniales. Un
día Anton quiere que su madre se vaya al cine para estar solo para que Rüdiger
pueda entrar sin problemas. La madre se tuerce un pie, y Anton reflexiona que
si es el derecho todavía puede ir al cine en coche porque con ése solo
tiene que apretar el acelerador. En otra ocasión la madre se cabrea porque
Rüdiger y Anna van a hacerles una visita a las ocho, en vez de a las cuatro; y
se cabrea porque a esa hora no puede tomar café. Anton le pregunta que por qué
no puede, y ella dice que entonces no puede dormir, a lo que replica Anton que
por qué suele tomarlo.
   También
hay un momento muy bueno cuando Anna y Anton se encuentran para contarse
cuentos y Anton le dice que tuvo que escribir una redacción en el colegio con
el tema “Una experiencia horrible”. Anton le preguntó a la profesora si podía
escribir sobre vampiros, a lo que ella contesto: “Pero si los vampiros solo
existen en cuentos. ¡No, Anton, en tercer curso tienes que escribir sobre algo
que suceda en realidad!”. Entonces Anton hizo una redacción sobre algo que vio
en la televisión y la profesora le puso un notable alto. Si hubiera escrito
sobre vampiros, habría sacado un muy deficiente.
   Me temo
que todos sufrimos ese tipo de educación embrutecedora.
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