Soy leyenda [8]

Portada original de Soy leyenda, de Richard MathesonNOVELA

I Am Legend

(EE.UU., 1954, 160 páginas)
Richard Matheson
Richard Matheson es un autor muy prolífico que ha
escrito en un montón de géneros populares (misterio, terror, ciencia ficción,
fantasía y western) y muchos guiones (trabajó para las series “The Twilight Zone”
y “Star Trek” entre otras; escribió las adaptaciones de Edgar Allan Poe que hizo
Roger Corman en los 60; y adaptó su propio cuento “Duel”, para el debut de
Steven Spielberg: “El diablo sobre ruedas”); que ha logrado el reconocimiento
de sus compañeros de profesión. Stephen King ha admitido que Matheson es el
autor que más le ha inspirado como escritor; Dean Koontz dice que todos somos
más ricos al tenerlo entre nosotros; Ray Bradbury lo considera uno de los
mejores escritores del siglo XX; y Dan Simmons reconoce que adora la tierra que
pisa.
   “Soy
leyenda”, publicada en 1954, fue su primera novela, y en ella mezcló la ciencia
ficción con el terror. La obra ha sido adaptada tres veces a la pantalla (en
1964 con Vincent Price, en 1971 con Charlton Heston, y en 2007 con Will Smith),
y además de ser posiblemente la novela de vampiros más importante del siglo
pasado (Koontz la considera la más inteligente y fascinante desde “Drácula”),
ha influido muchísimo en las novelas y películas de zombis posteriores.
   En 1975
una plaga asola la Tierra y convierte a toda la humanidad, excepto a Robert
Neville, en vampiros. Robert pasa los días matando vampiros, luchando contra
una soledad que lo corroe, e investigando los orígenes de la enfermad; mientras
que por las noches se resguarda en su casa, protegido con crucifijos y ajos,
del ataque de los monstruos sedientos de sangre. Lo que no sabe Neville es
cuánto tiempo podrá sobrevivir así y cuánto tiempo pasará antes de que pierda
su humanidad.
   El
principio de “Soy leyenda”, hasta que no sabes qué está pasando, es un poco
confuso y aburrido porque te muestra una rutina extraña, pero a la que no le
puedes dar un significado. Luego mejora mucho. El resto se divide en tres
partes que se van entrelazando: flashbacks que muestran cómo era la vida de
Neville durante los primeros meses de la plaga; la evolución personal de
Neville –aquí también entra su soledad-; y lo que descubre Neville de los
vampiros leyendo libros científicos y haciendo experimentos. Las dos primeras
partes son magníficas; la otra es muy imaginativa (explica de forma racional el
miedo a los crucifijos o por qué los vampiros no soportan la luz del día), pero
es demasiado confusa.
   El
problema que le veo a la parte de la investigación es que no queda nada claro
cómo evoluciona la enfermedad, y cuesta mucho diferenciar entre los vampiros
muertos y los vampiros vivos. Lógicamente, Matheson no podía explicar abiertamente
cómo era cada variedad, pero sí debería dar pistas de que no eran iguales
(debería ser más obvio que los muertos son descerebrados, como zombis –pero Ben
Cortman es capaz de hablar-, y más tarde que sólo los vampiros vivos que
estaban locos visitaban su casa. Esto último está, pero está demasiado
escondido).
   Los
flashbacks funcionan de maravilla con la historia actual, y muchas veces
Matheson se guarda grandes golpes efecto (como quién es Cortman, o qué es un
misterioso agujero en constantes llamas). La historia de la muerte de Virginia,
la mujer de Neville, es genial por cómo está presentada y por el giro final que
tiene (yo diría que “Cementerio de animales”, de Stephen King, tiene una
versión retorcida de este giro).
   Los
flashbacks también sirven para profundizar en los sentimientos y el comportamiento
de Neville, que echa terriblemente de menos a su familia (la parte en la que
intenta adueñarse de un perro es demoledora por lo bien que transmite lo solo
que se siente y por como acaba) y que mata vampiros por supervivencia y para
intentar encontrar una cura para la enfermedad.
   El cambio
de Neville al final de la novela está muy bien realizado (parece la evolución
natural, sin que en ningún momento te pares a plantearte qué significa), y eso
le permite a Matheson acabar con una última escena, en la que reflexiona sobre
qué es lo normal, que es absolutamente impresionante.
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